Creo
que fue F. Engels quien acuñó el término socialismo
científico, para diferenciarlo del otro, supuestamente utópico (todos los son*), cuyos
apóstoles fueron Robert Owen, Henri de Saint-Simon y
Charles Fourier. Quizá sea
legítimo sostener que estos buscadores de Icarias reencarnaron su alma inmortal en la Primera Internacional, o —mejor dicho—
en quienes se quedaron con sus siglas
tras la escisión marxista; me refiero a visionarios como Bakunin, Kropotkin y Malatesta. Desde entonces, acracia y ciencia han sido
considerados conceptos poco menos que incompatibles.
Reivindicar
el anarquismo como una aportación valiosa para la Ciencia del Conocimiento y
para la Filosofía de la Ciencia —ahí es nada— parece una impertinente
osadía; sin embargo, el norteamericano Paul
Feyerabend (1924-1994), lo hizo sin complejos a principio de los 70.
Feyerabend no era un aficionado ni un
provocador, sino un hombre de sólida formación científica que desarrolló su
trabajo en el seno del mundo académico de su país de adopción (había nacido en
Viena). Pero era también una persona de mente abierta, en el sentido más lato
del término, que se acercó sin prejuicios a otros campos de la actividad
humana, en especial a la literatura y al cine (fue asesor de Ridley Scott en Blade Runner, si no estoy errado).
Es uno de los padres, junto a Thomas
Kuhn, de la Teoría de la
Inconmensurabilidad. En política,
dejó patente su honda admiración por Rosa Luxemburgo.
El libro cuya lectura trato de recomendar
es Contra el Método, traducido al
castellano sin interrupción desde que viera la luz, en 1974. La última edición
es de 2007, en la editorial Tecnos. El autor le colgó el significativo
subtítulo de ‘Esquema de una Teoría Anarquista
del Conocimiento’.
Su original punto de partida viene a
decir que “(…) el anarquismo, que no es
quizá la filosofía política más atractiva, puede procurar, sin duda, una base
excelente a la epistemología y a la filosofía de la ciencia”.
No se podrá negar que es sorprendente oír
esto en boca de un hombre de ciencia anglosajón.
El meollo del libro consiste en la
defensa de una actitud más lúdica en
el quehacer científico, sin turbarse al constatar que la historia de la ciencia está plagada de
hallazgos afortunados que no se buscaban. Fleming descubrió la penicilina tras
un vulgar accidente en la nevera; Colón, según la ciencia geográfica de la
época, debería haber llegado a las Indias Orientales cuando se topó con
América; lo fundamental de las leyes de la herencia genética lo debemos a la
curiosidad de un jardinero; si hoy podemos leer el ibero no es gracias a
sesudos filólogos, sino a la paciencia
de aficionados a la numismática; y así, hasta la saciedad.
Según
Feyerabend, la creencia en la primacía de la teoría sobre los hechos que —en
general, posteriormente— la confirman, es una grosera
falacia; la historia de la ciencia está repleta de teorías colapsadas por la
tozudez de la realidad. En el otro extremo —el empirismo— no
han tenido mejor suerte los postulados cimentados en avalanchas de datos. Dicho
lapidariamente: “El requisito de admitir
solamente aquellas teorías que se sigan de los hechos nos deja sin ninguna
teoría”. Sin ir más lejos, las paradojas
descubiertas por la física cuántica parecen las travesuras de un diablillo
juguetón.
Salvo
contadas excepciones —la predicción de la existencia de Plutón y, en parte, la
Teoría de la Relatividad— las teorías preconcebidas han fracasado
estrepitosamente una y otra vez. La “incuestionable” existencia del Éter, cimentada en la desconcertante
propagación de las ondas electromagnéticas (entre ellas, la luz) en el vacío,
se demostró radicalmente falsa. Quien tenga curiosidad y tiempo, podrá observar
el ingenioso artilugio que Michelson y Morley idearon en 1887 para demostrar la
inexistencia del supuesto fluido infinito y eterno (La Explosión de la Relatividad, Martin Gardner. Salvat Editores,
Barcelona 1986).
Feyerabend denuncia en su libro la
proliferación en todas las épocas de teorías ad hoc (‘a propósito’) que, al ser desenmascaradas, se autocorrigen
y reproducen sin rubor. Contra el Método
es un alegato contra la escuela de quien fuera y es considerado gurú indiscutido de la Filosofía de la
Ciencia del siglo XX: el alemán Karl Popper, a quien Feyerabend bautiza como
‘sacerdote de la ad-hocidad’. “La idea de que la ciencia puede y debe
regirse según unas reglas fijas y de que su racionalidad consiste en un acuerdo
con tales reglas no es realista y está viciada (…)”.
Contra el
Método
reivindica una humanización de la
ciencia, la asimilación natural de su inexactitud,
y procedimientos de investigación que no renieguen de lo lúdico ni de lo
imaginativo, vacunando a la llamada comunidad
científica del miedo a la realidad.
Aunque no se trata de un libro de fácil lectura
—bien lejos de los textos de divulgación al uso— es una bocanada de aire fresco en el campo de
un subgénero literario poco apreciado en general como es el ensayo científico,
de un tipo de literatura que puede depararnos ratos placenteros allí donde no
pensábamos encontrarlos.
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(*)
La definición más certera de socialismo que he visto hasta la fecha es la contenida en el librito del
sociólogo francés Émile Durkheim (1858-1917) Le
socialisme: “El trabajo, la vivienda, la educación y la sanidad son cosas
demasiado importantes para dejarlas en manos de particulares".
