Temed que llegue el día en que nadie
esté dispuesto a sufrir y morir
por una idea.
(John Steinbeck)
Se acercó con un garrote, sin el
cual ningún asunto importante puede resolverse en Rusia.
(De un cuento eslavo
anónimo)
El
verdadero escritor revela su genio —si lo tiene— cuando los medios son escasos. La precariedad es siempre
exigente. Eso quiere sugerir la manida
expresión “la magia del teatro”. La magia
consiste en hacer milagros con cuatro ingredientes; y eso no está al
alcance de cualquiera.
Cuando
las situaciones extremas se conjugan con los ambientes cerrados, se abre paso
un subgénero literario que aún no tiene nombre, pero que bien podríamos
bautizar como síndrome de Babel, en
honor a la biblioteca conjeturada por Borges, en la que un habitáculo minúsculo
es una alegoría de la absurda exactitud del infinito.
Por
eso nadie debería morirse sin haber leído Diez
negritos, de Agatha Christie, ni sin haber visto Le trou, de Jacques Becker. De ahí nuestra fascinación perenne por La isla del tesoro, de Stevenson, o por Casablanca, de Curtiz. Porque hoy
queremos visitar una ciudad como la Casablanca de 1940, recintos clausurados
temporalmente por los avatares de la historia, y conocer a sus aturdidos
moradores, a todos aquellos que ven constreñidas sus opciones de supervivencia
hasta el punto de que la única salida practicable es dejarse caer por el Café
de Rick.
Para
ello miraremos hacia oriente, queriendo paliar una de nuestras carencias más
inveteradas: el desconocimiento de la historia contemporánea de la Europa del
este. En 1919 todo un país, Ucrania, y
una gran ciudad, Kiev, quedaron aislados y abandonados a su suerte; durante
unos meses, un torbellino de demonios pareció conjurarse contra la urbe
que —con justicia— fuera otrora llamada “la perla eslava”. Uno de sus
vecinos, Mijaíl Bulgákov (1891-1940)
vivió para contarlo; y lo contó en una obra maestra de la lengua rusa, en la
novela La guardia blanca (Biélaya gvárdiya), publicada el mismo
año en que murió Lenin, 1924, que marca el punto de inflexión a partir del cual
la Revolución rusa empezó a alejarse de lo épico para encaminarse hacia lo
indecente.
La
geografía humana de Ucrania carece de cohesión. En
su mitad oriental la mayoría de la población es rusa de origen y de lengua, y
abrumadoramente de religión ortodoxa. El idioma ucranio sólo es hegemónico bien
al oeste, donde el catolicismo uniata1 tiene su fuerza y aún
persiste en la memoria colectiva que este extremo del país (no hace tanto)
formó parte de Austria-Hungría con el nombre de Rutenia2, por no
hablar del largo dominio polaco. Culminando este abigarrado collage está Crimea, que siempre fue
parte de Rusia hasta 1954, fecha en la que Jrúschov tuvo la ocurrencia de regalarla a la República Soviética de
Ucrania. De manera que, como pasa con el País Valenciano, la identidad de
Ucrania es endiabladamente problemática.
La
Revolución rusa del 17 fue de todo menos sangrienta, contra lo que mil voces y
mil plumas proclaman3. La caída del zarismo —cabe decirlo con rotundidad—
fue tan sorprendentemente apacible como el colapso, 72 años después, de
la Unión Soviética. La sangría vino después, con la guerra civil, que se llevó
por delante, entre otras cosas, a la flor y nata de la revolución, dejando así
expedito el campo a Stalin y sus funcionarios. Fue una guerra impuesta desde
fuera: las botas de los ejércitos de 16 países4 hoyaron la tierra de
la naciente República de los Trabajadores.
Su supervivencia fue un auténtico milagro.
Y la vorágine
de la guerra civil —la clase de guerra
más terrible de todas, si poner grados a la barbarie fuera posible— pilló a la capital ucraniana en medio. Los
bolcheviques habían hecho de la salida de Rusia de la I Guerra Mundial el eje
de su programa y, una vez en el poder, fueron consecuentes firmando de
inmediato la paz separada con Alemania5. El tributo pagado por el
Estado Soviético fue enorme: un tercio de su población total y sus escasas regiones industrializadas
quedaban fuera de sus fronteras. La totalidad de Ucrania pasó legalmente a
manos alemanas y tras la derrota de esta (ocho meses después) tierra de nadie y
tierra de todos6. Éste es el contexto de La guardia blanca.
Es un relato
con profusos trazos autobiográficos, un retal de la vida en Kiev en tan convulso periodo, centrado en la
peripecia de la familia Turbín y sus amigos, cuyos miembros varones son
oficiales o cadetes del fantasmal ejército zarista. Alexéi Turbín, el
protagonista, es médico militar, atrapado así por un doble juramento: el
monárquico y el hipocrático. El centro físico del que irradian todas las tramas
es la vieja mansión familiar7.
Es una historia de soldados donde, naturalmente, prepondera el universo
masculino; si bien contrapesado por las
figuras de dos mujeres de carácter poderoso: Elena, la hermana abandonada por
un marido cobarde, y la misteriosa desconocida que salva la vida de Alexéi en
una de las refriegas callejeras.
Nicolás II y
su familia ya criaban malvas en un oscuro bosque de Yekaterinburgo; pero los
Turbín no podían saberlo. Las tropas alemanas ocupaban la capital —y buena parte del país— como consecuencia del tratado de paz firmado
con los comunistas. Derrotada Alemania en Europa, los Aliados declararon
ilegítimo tal armisticio; de manera que el status
legal de los germanos en Ucrania era un problema de álgebra, y sus tropas no pensaban
en otra cosa que en liar el petate y volver a casa. La autoridad ucraniana
reconocida por las potencias vencedoras era el atamán de los Cosacos8,
Skoropadski; pero éste y su estado mayor son alérgicos al combate, y suspiran
por darse a la fuga con los alemanes. Los arrabales de la ciudad han sido
ocupados por el nacionalista Simón Petliura9, que avanza desde el oeste.
Unos pocos kilómetros más allá, al este, se mueve Trotski, cuyo Ejército Rojo
será quien, a la postre, se llevará el triunfo.
No muy lejos, fuera de los núcleo urbanos, el anarquista Néstor Majnó
acecha con su Ejército Negro, huestes desarrapadas e imprevisibles, a medio
camino entre la política y el bandolerismo10. Dentro de la ciudad, cuyos gendarmes han
desertado, pululan bandas de delincuentes que, disfrazados con cualquier
uniforme, roban, violan y saquean bajo la coartada de la requisa militar. Por
último, sin posibilidades de intervenir en la capital, el Ejército Blanco11
está atascado en el sur. Había, por tanto, tantos colores en juego como en una
película de Kurosawa. Hasta el Infierno
—dicen— tiene su punto de
belleza.
Sin estas
acotaciones —que ninguna de las dos traducciones castellanas existentes se
molesta en ofrecer— La guardia blanca es
un galimatías para el lector español
medio, que abandonará desmoralizado la novela ya en sus primeros capítulos.
En tal
tesitura, los Turbín y sus camaradas se enfrentan al dilema de, o bien huir y salvar el pellejo —tal y como el sentido común aconseja— o bien inmolarse por una causa perdida, la
del Zar —a quienes prestaron juramento y
del que, con todo, siguen siendo soldados—. Pese a que ya circula por la ciudad la noticia
de que el atamán (su Jefe sobre el papel) ha sido visto en un vagón atestado de
tropas alemanas corriendo hacia el oeste12, Alexéi y los suyos
eligen la opción más bizarra, aunque se encuentren con un cuartel desierto,
desmantelado, donde se han concentrado cuatro gatos tan despistados como ellos.
A la mañana siguiente descubren que la mitad de tan exiguas tropas ha
desparecido. Aun así, se dirigen a los
puntos de resistencia de la urbe, donde un puñado de locos porfía inútilmente
contra las embestidas de las avanzadillas de Petliura…
La muralla del
Kremlin es una especie de columbario para notables de la historia soviética, con
alguna excepción. Las cenizas de tres norteamericanos fueron merecedoras también
de tal “privilegio”. Uno de ellos fue el periodista John Reed13,
autor de un libro-reportaje sobre la Revolución del 17, que se ha traducido a decenas de lenguas, Diez días que estremecieron al mundo
(Ten Days that Shook the World, 1919). Si alguien quiere introducirse en la
historia de la Revolución Rusa de manera amena y ágil, pero rigurosa, debe
empezar por este libro14. Contiene una estampa difícil de olvidar.
Imaginaos el Teatro Imperial de San Petersburgo ocupado por una marabunta de
obreros y soldados, reunidos en asamblea durante los primeros días de la
insurrección. Una niebla baja (el humo
del tabaco) invade la platea, mil gritos y mil olores dan constancia de la
efervescencia del momento; se leen proclamas y noticias, se pronuncian
discursos, se vota a mano alzada… Los delegados entran y salen, esquivando,
ignorando desdeñosamente (cuando no escudriñando con asombro) a un adolescente
que en un lateral de la sala, con el uniforme impecable de los cadetes de la
Escuela Imperial de Guerra, está en posición de firmes, como un centinela en su
puesto. El joven, un niño apenas, está cuadrado y con la mirada fija en un
palco vacío. Es el palco que ocupa el Zar y su familia cuando hay función.
Nadie repararía en ello, a no ser por los restos del escudo del águila bicéfala
que aún están adheridos al pretil del palco, después de haber sido destrozado a
culatazos de fusil.
Los Turbín y
sus compañeros debieron sentir, en Kiev, dos años más tarde, el vértigo de ese
palco vacío. Vacío pero lleno de significado: el símbolo del deber.
Hay gente que muere por una causa, y otras mueren por
otra. Lo triste no es morir por una causa equivocada; lo triste es morir por
ninguna. Da igual en qué bando estés.
Lo paradójico es que, a lo largo de toda la novela,
Bulgákov no oculta su simpatía por la causa de los bolcheviques. Es como si un
comunista español, visto en la obligación de narrar nuestra Guerra Civil, lo
hiciera desde el punto de vista de los cadetes encerrados en el Alcázar de
Toledo. En 1919, la intelectualidad rusa era libre para tales audacias y aun
más; diez años después, estas licencias literarias resultaban muy peligrosas.
La segunda edición ya fue prohibida, y
Bulgákov criticado sin piedad por la prensa oficial. Sólo bien expurgadas por
las censura veían sus obras la luz.
Incapaz de comprender la causa de esta persecución,
perturbado cada vez más, Bulgákov escribe una carta a Stalin, en la que
solicita ser expulsado de la URSS, junto con su esposa. Producto de esos raros
impulsos que sufren los tiranos, recibe una llamada telefónica personal del
propio dictador. Bulgákov no está a la altura y se somete15. Vivirá
el resto de su vida obsesionado por esa llamada, y escribiendo compulsivamente
nuevas misivas a Stalin, que jamás obtendrán respuesta.
Hay quien ha
dicho que la obra de Bulgákov El maestro
y Margarita es lo mejor que se ha escrito en ruso desde Dostoyevski. No le
llevaré la contraria porque —aún— no la he leído. Pero si su estilo está cerca
de algún clásico eslavo, ése es Gógol. Bulgákov logra dar con un tono
tragicómico, de fino humor dentro del drama, que sólo estuvo al alcance del
autor de Las almas muertas16.
Algunos fragmentos de La guardia blanca están
escritos en lenguaje que, progresivamente, va degenerando; desde el tono
ordinario hasta el balbuceo típico de los borrachos, pasando por el estribillo
absurdo de los loros. Al alternar estos recursos con pasajes redactados con
trazos severos, Bulgákov consigue el raro efecto de acentuar el tono trágico,
semejante al payaso que acaba por hacernos llorar. Esta técnica es también un
instrumento de defensa, como aquel invitado que comete una inconveniencia y,
para evitar ser censurado, levanta una mano, sonríe y nos dice: “¿Por qué me
miráis así? ¡Pero si todo ha sido una broma!”
Otro de sus
procedimientos es tomar varios hilos narrativos que quedan abiertos, una
extraña técnica literaria que deja continuamente cabos sueltos de manera intencionada, con un efecto de autenticidad
sorprendente, pero que también le faculta para soslayar desenlaces
comprometidos. Esta y otras habilidades permitieron ir tirando a Bulgákov,
convertido en un disidente de baja
intensidad, un intelectual prudente que sabía medir sus desafíos. Superado
por las circunstancias, Mijaíl Afanásievich Bulgákov, al final, no supo estar a
la altura de Alexéi Turbín. Nadie, para estar al nivel de aquel tiempo terrible
—y del nuestro—, debiera dejar de leer La guardia blanca.
___________________
(1) Fieles a Roma, pero de rito oriental.
(2) El origen etimológico de Rusia y Rutenia es el mismo.
En latín, “ruso” se dice Ruthenus. No
hace mucho, los libros escolares españoles llamaban a los ucranianos pequeños rusos (Rutheni minores), en
oposición a los grandes rusos o rusos
por antonomasia. De la cercanía espiritual de ambos pueblos deja constancia el
hecho de que los rusos consideran al Principado de Kiev (y no al Ducado de Moscú)
la cuna de su propio país.
(3) Una relativa excepción fue la inmolación, durante a
toma del Palacio de Invierno, del célebre Batallón
Femenino. Y ello por un malentendido: creían a la familia imperial dentro del
edificio (en realidad habían huido). Agotada la munición, estas amazonas se
arrojaron al vacío desde los pisos altos. También fueron conocidas por el Batallón de la Muerte, ya que sus
ordenanzas les prohibían rendirse (ni hacer prisioneros). Sólo respondían ante
el mismo zar, y tal vez fueran reclutadas siendo niñas, en hospicios y
orfelinatos.
(4) Entre ellos, los Estados Unidos. Durante la Guerra Fría se asustaba a los niños con
una quimérica invasión comunista de América, con eslóganes como “que vienen los
rusos” y cosas así. Lo cierto es que los únicos que desembarcaron, sin permiso y con no buenas intenciones,
en las costas del “enemigo” fueron los propios yanquis en 1922.
(5) Se cerró en la ciudad bielorrusa de Brest. El
representante plenipotenciario de la parte soviética fue el propio Trotski, a
la sazón ministro de Asuntos Exteriores. Bien pronto tendría que cambiar
(conjeturamos que a su pesar) este ministerio de paz por la cartera de Guerra.
(6) El remate del martirio de la tierra ucraniana vendría
bastante después, a principios de la década de los 30, cuando la insensata política
colectivista de Stalin asoló el país con una hambruna de proporciones
colosales, conocida por la posteridad como Holodomor.
Más de tres millones de muertos. Pol Pot no innovó nada.
(7) Que existe aún y acoge al Museo Bulgákov.
(8) Casta de campesinos-soldados, terriblemente
reaccionarios.
(9) Murió en 1926, en el exilio parisino. Derechista
rabioso, se hizo célebre por las atrocidades de sus tropas entre la población
civil, con especial ensañamiento en las aldeas judías. El expresidente Yúschenko
(el protagonista de la curiosa “Revolución Naranja” de 2004, y supuesta víctima
de un envenenamiento que le deformó el rostro) corrió, en su primera salida al
extranjero, al cementerio de Montparnasse para poner flores en su tumba. Para
una parte de los ucranianos Petliura es un héroe nacional. No murió en la cama:
un compatriota judío le descerrajó cinco tiros.
(10) Majnó, que tampoco le hacía ascos a los crímenes de
guerra, también murió exiliado en París (1934).
(11) Restos del ejército fiel al zarismo, oficiales y
mercenarios en su mayoría. Sus comandantes fueron los generales Wrangel y
Denikin, y el almirante Kolchak.
(12) El valeroso
Skoropadski acabó sus días en el dulce exilio de un balneario alemán.
(13) Los otros dos son los sindicalistas William Haywood y Charles Ruthenberg.
(14) De la misma manera que, si quiere introducirse en la Revolución
Francesa, debe empezar —dejando de lado las obras
“canónicas”— por la obra de un poeta: Historia de los Girondinos, de Alphonse
de Lamartine. No se arrepentirá.
(15) La conversación fue aproximadamente así:
—Aquí Stalin. Me dicen que quiere abandonar usted
el país. ¿Tanto le fastidiamos?
—(… …) Camarada…yo creo…, yo creo que un
escritor ruso debe permanecer en Rusia.
—Somos de la misma opinión, querido Mijaíl Afanásievich. Yo pienso de la misma
manera. Tenemos que hablar un día de estos.
Jamás volvieron a
hablar o a verse.
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