Fue
en la nunca olvidada revista Triunfo
donde vi por primera vez la expresión novela
austrohúngara, usada para
designar un pseudogénero literario. No recuerdo ya en qué año ni quién firmaba
el artículo; sí recuerdo –con incierta
fidelidad– esta sombría reflexión: “La
melancolía con que se mira el desaparecido mundo de los Habsburgo no es otra
cosa que la añoranza con que miramos la muerte, que nos libra de todo
sufrimiento, de toda eventualidad”.
El
emperador Francisco José (el marido de Sissi)
reinó durante 68 años, cuatro más que la reina Victoria, estando ambos períodos
presididos por la estabilidad, por la sensación de que el curso de la historia
se había detenido. Pero las dos épocas,
bajo esta aparente balsa de aceite, incubaban
sus propios monstruos, que cobrarían vida real con la entrada del
atormentado siglo XX. Así como la era
victoriana produjo engendros como el Dr.
Jekyll y Jack el Destripador, un
siquiatra vienés llamado Freud, casi en esos mismos años, desvelaba los inquietantes y aterradores
procesos mentales del ser humano, que dos leales súbditos del imperio, Franz
Kafka y Gustav Meyrink, ya habían
entrevisto en las oscuras callejuelas de la ciudad vieja de Praga. Como una
bengala anunciadora de desastres en un mar en calma, en 1889 el príncipe
heredero, Rodolfo, y su amante de sólo 17 años, María Vetsera, se volaban la tapa de los sesos1.
Se
trataba de un inmenso estado con más de 50 millones de almas, un abigarrado
crisol de naciones mal sujetas a la brida de Viena, poder central no
exento –a veces– de brutalidad; pero cuyos súbditos no tendrían inconveniente
en tildar de tiranía benévola. Los
cenáculos más elitistas lo llamaban, con ironía, Kakania, sin querer con ello
dar a entender nada relacionado con excrementos: se trata de un neologismo
creado a partir de la muletilla que se unía al nombre del monarca
en la jerga oficial, Kaiserlich und
Königlich (imperial y real). Efectivamente, Su Alteza era
emperador de Austria, pero sólo rey
de Hungría.
Era
una país raro, contradictorio, rural y reacio a la industrialización, con la
curiosa manía de pintar de ocre todos los edificios oficiales, un color que ha
vencido al tiempo y es hoy un símbolo de Centroeuropa. Era un estado
paternalista, dotado de servicios públicos eficientes y una legión de
funcionarios con fama de rígidos e incorruptibles, donde el correo funcionaba y
los trenes tenían la inusual costumbre de ser puntuales. Contaba con un
ejército gallardo y coqueto, cuyos oficiales lucían una guerrera de insólito
color blanco (lo que les daba un aire de camareros de hotel de lujo) y cuyos desfiles eran fogonazos de colorido; unas huestes
tan pulcras que se temía estropearlas enviándolas a la guerra, sobre todo
teniendo en cuenta que últimamente las perdían todas. Y esa preferencia por las paradas y por los
salones de baile, antes que por el campo de maniobras, les costó muy cara en
1914.
Altösterreicher es un término singular, cuyo equivalente castellano
literal, viejos austríacos, es una
pobre traducción. Refiriéndose a la
actitud de los viejos mallorquines hacia los turistas, dice Llorenç Villalonga
que “incapaços de declarar-los la guerra, els declaren inexistents”. Los Altösterreicher no eran unos luchadores,
preferían morirse de asco antes que enfrentarse resueltamente con quienes
despreciaban. En 1918 se les hundió el mundo, al que se negaron a comprender
desde ese momento. Si alguna vez hubo una nostalgia –quizá perenne hasta hoy–
por el Imperio Romano, también hubo una añoranza por Kakania, cuyas fronteras
ya no serían físicas, sino sentimentales.
Alemanes,
checos, eslovacos, rutenos, polacos, húngaros, rumanos, servios, bosnios,
croatas, friulanos y eslovenos; católicos, judíos, luteranos, calvinistas,
musulmanes, uniatas, ortodoxos, ateos y masones, bien o mal avenidos,
conformaban aquel precedente del europeísmo. La caída del Imperio Austrohúngaro
fue la segunda gran puñalada que sufrió la construcción europea en la época
moderna; la primera fue el abandono del latín, en el siglo XVIII.
El
grupo de novelistas que dejó constancia de ese ambiente, de ese estado
espiritual, comparte sin saberlo valores parejos a los de la Generación del 98,
salvo en un aspecto: no hay en ellos intención regeneracionista alguna; su
valor estético y vital predominante es la decadencia, el pesimismo fatal que los empapa.
Omitiré
referirme a los que no he leído: Hermann Broch (Sonámbulos), Heimito von Doderer (Los demonios), Georg Saiko (En
la balsa), Peter Altenberg (Prosas
urgentes) y Friedrich Torberg (El
estudiante Gerber), todos ellos de expresión alemana. De los que he leído, no
recomendaré a Robert Musil (El hombre sin
atributos), ni a Stefan Zweig (Una
partida de ajedrez), ni a Ferenc Herczeg2 (La familia
Gyurkovics); pero me permitiré encomiar a Albert Schnitzler (Huida hacia las tinieblas), a Kálmán
Mikszáth (La ciudad negra), al polaco
Józef Wittlin (La sal de la tierra),
a Zsigmond Móricz (Fango y oro), al ya mencionado Meyrink (El Golem) y, en particular, al más representativo de todos, Joseph Roth (1894-1939), sin cuyos textos
es imposible entender la historia contemporánea de la Europa central.
Este
escritor de estirpe hebrea nació en Brody (Rutenia) y, en un calco de lo
ocurrido con el también judío Walter Benjamin en Portbou, se suicidó en París cuando
los nazis estaban entrando en la capital francesa3. Hasta los 30 años no empezó a escribir ficción, y sus
novelas (Libro de lecturas alemán, Job,
Huida sin fin, La leyenda del santo bebedor, El espejo ciego, Confesión de un asesino, Hotel Savoy, La
Cripta de los Capuchinos4, etc.)
han sido traducidas a todas las lenguas cultas. Su obra más distintiva es La marcha Radetzky, cuya primera edición –póstuma– se hizo en Colonia en 1950. Sin exagerar,
estamos ante una de las cinco mejores novelas jamás escritas en lengua alemana.
Se
trata de una saga de tres generaciones von Trotta (familia de origen esloveno
de moderado abolengo) desde la batalla de Solferino hasta el estallido de la Gran
Guerra. El relato arranca en el oeste,
en campo abierto, y concluye en el
recinto cerrado de una lejana guarnición militar, en los confines orientales
del imperio, donde el protagonista es destinado como cadete. Sin enemigo
posible ni probable, el rigor y la rutina militares caen fácilmente en el
absurdo; se suceden pequeñas y secretas tragedias que ponen a prueba –a modo de camino de iniciación, de aprendizaje– el temple del joven frente a las debilidades y
bajezas del ser humano.
Hay
pasajes en los que el último vástago von Trotta parece ser un alter ego de Hans Castorp en La montaña mágica o del teniente Drogo
en El desierto de los tártaros. Los tres personajes, como monjes pretéritos,
llegan a la verdad desde el encierro.
Como
leitmotiv recurrente, como estribillo
obsesivo, un recuerdo infantil: durante la sobremesa de una apacible tarde de
fiesta, la ventana permanece abierta a los olores de la primavera, y desde el
templete de la plaza llegan los acordes de la marcha de Radetzky5, ejecutada por una banda militar todos los domingos, desde
tiempo inmemorial.
Novela
ambiguamente antimilitarista e indisimuladamente antimagiar6, es uno de esos
relatos que no deja indiferente al lector sensible. Si a una novela le es
exigible que conmueva, es imposible
no contagiarse, no hermanarse con esa nostalgia del pasado inmóvil, con esa
doliente evocación del paraíso perdido que es La marcha Radetzky.
_____________
(1)
Miklós Jancsó hizo una pretenciosa
–y justamente olvidada– película sobre este suceso (Vicios privados, públicas virtudes,
1976). Casi una década después del suicidio de su primogénito, un anarquista
italiano, a orillas del lago Lemán, atravesaba con un destornillador el corazón
de la propia Sissi.
(2) Cometí el pecado de juventud de
aprender húngaro, una de las pocas violencias hacia mí mismo de la que no me
arrepiento. Mi alemán no da para leer novelas; mucho menos aún el polaco. Por
lo general, las traducciones al castellano son correctas.
(3) Alguna biografía indica que,
alcoholizado desde edad temprana, murió de delirium
tremens en un hospital. Ambas versiones no son incompatibles.
(4) Panteón imperial de Viena, donde
yacen Francisco José y más de cien despojos reales más.
(5) Himno oficioso del imperio, sin letra
y con música de Johann Strauss. El himno oficial era Gott erhalte unsern Kaiser (Dios salve a nuestro emperador), con
partitura de Joseph Haydn, y que, con otra letra (Deutschland, Deutschland, ueber alles), es el actual himno de
Alemania.
(6) Se tiene al nacionalismo húngaro, más
aun que al servio, por genuino elemento
disgregador del imperio.
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