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miércoles, 1 de enero de 2014

Kakania



 
Fue en la nunca olvidada revista Triunfo donde vi por primera vez la expresión novela austrohúngara, usada para designar un pseudogénero literario. No recuerdo ya en qué año ni quién firmaba el artículo; sí recuerdo  –con incierta fidelidad– esta sombría reflexión: “La melancolía con que se mira el desaparecido mundo de los Habsburgo no es otra cosa que la añoranza con que miramos la muerte, que nos libra de todo sufrimiento, de toda eventualidad”.

El emperador Francisco José (el marido de Sissi) reinó durante 68 años, cuatro más que la reina Victoria, estando ambos períodos presididos por la estabilidad, por la sensación de que el curso de la historia se había detenido.  Pero las dos épocas, bajo esta aparente balsa de aceite, incubaban  sus propios monstruos, que cobrarían vida real con la entrada del atormentado siglo XX.  Así como la era victoriana produjo engendros como el Dr. Jekyll y Jack el Destripador, un siquiatra vienés llamado Freud, casi en esos mismos años,  desvelaba los inquietantes y aterradores procesos mentales del ser humano, que dos leales súbditos del imperio, Franz Kafka y Gustav Meyrink,  ya habían entrevisto en las oscuras callejuelas de la ciudad vieja de Praga. Como una bengala anunciadora de desastres en un mar en calma, en 1889 el príncipe heredero, Rodolfo, y su amante de sólo 17 años,  María Vetsera,  se volaban la tapa de los sesos1.

Se trataba de un inmenso estado con más de 50 millones de almas, un abigarrado crisol de naciones mal sujetas a la brida de Viena, poder central no exento  –a veces– de brutalidad;  pero cuyos súbditos no tendrían inconveniente en tildar de tiranía benévola. Los cenáculos más elitistas lo llamaban, con ironía, Kakania, sin querer con ello dar a entender nada relacionado con excrementos: se trata de un neologismo creado a partir de la muletilla que se unía al nombre del monarca en la jerga oficial, Kaiserlich und Königlich (imperial y real). Efectivamente, Su Alteza era emperador de Austria, pero sólo rey de Hungría.
Era una país raro, contradictorio, rural y reacio a la industrialización, con la curiosa manía de pintar de ocre todos los edificios oficiales, un color que ha vencido al tiempo y es hoy un símbolo de Centroeuropa. Era un estado paternalista, dotado de servicios públicos eficientes y una legión de funcionarios con fama de rígidos e incorruptibles, donde el correo funcionaba y los trenes tenían la inusual costumbre de ser puntuales. Contaba con un ejército gallardo y coqueto, cuyos oficiales lucían una guerrera de insólito color blanco (lo que les daba un aire de camareros de hotel de lujo) y cuyos desfiles eran fogonazos de colorido; unas huestes tan pulcras que se temía estropearlas enviándolas a la guerra, sobre todo teniendo en cuenta que últimamente las perdían todas.  Y esa preferencia por las paradas y por los salones de baile, antes que por el campo de maniobras, les costó muy cara en 1914.

Altösterreicher es un término singular, cuyo equivalente castellano literal, viejos austríacos, es una pobre traducción.  Refiriéndose a la actitud de los viejos mallorquines hacia los turistas, dice Llorenç Villalonga que “incapaços de declarar-los la guerra, els declaren inexistents”. Los Altösterreicher no eran unos luchadores, preferían morirse de asco antes que enfrentarse resueltamente con quienes despreciaban. En 1918 se les hundió el mundo, al que se negaron a comprender desde ese momento. Si alguna vez hubo una nostalgia –quizá perenne hasta hoy– por el Imperio Romano, también hubo una añoranza por Kakania, cuyas fronteras ya no serían físicas, sino sentimentales.

Alemanes, checos, eslovacos, rutenos, polacos, húngaros, rumanos, servios, bosnios, croatas, friulanos y eslovenos; católicos, judíos, luteranos, calvinistas, musulmanes, uniatas, ortodoxos, ateos y masones, bien o mal avenidos, conformaban aquel precedente del europeísmo. La caída del Imperio Austrohúngaro fue la segunda gran puñalada que sufrió la construcción europea en la época moderna; la primera fue el abandono del latín, en el siglo XVIII.

El grupo de novelistas que dejó constancia de ese ambiente, de ese estado espiritual, comparte sin saberlo valores parejos a los de la Generación del 98, salvo en un aspecto: no hay en ellos intención regeneracionista alguna; su valor estético y vital predominante es la decadencia,  el pesimismo  fatal que los empapa.

Omitiré referirme a los que no he leído: Hermann Broch (Sonámbulos), Heimito von Doderer (Los demonios), Georg Saiko (En la balsa), Peter Altenberg (Prosas urgentes) y Friedrich Torberg (El estudiante Gerber), todos ellos de expresión alemana. De los que he leído, no recomendaré a Robert Musil (El hombre sin atributos), ni a Stefan Zweig (Una partida de ajedrez), ni a Ferenc Herczeg2 (La familia Gyurkovics); pero me permitiré encomiar a Albert Schnitzler (Huida hacia las tinieblas), a Kálmán Mikszáth (La ciudad negra), al polaco Józef Wittlin (La sal de la tierra), a  Zsigmond Móricz (Fango y oro), al ya mencionado Meyrink (El Golem) y, en particular, al más representativo de todos, Joseph Roth (1894-1939), sin cuyos textos es imposible entender la historia contemporánea de la Europa central.
Este escritor de estirpe hebrea nació en Brody (Rutenia) y, en un calco de lo ocurrido con el también judío Walter Benjamin en Portbou, se suicidó en París cuando los nazis estaban entrando en la capital francesa3. Hasta los 30 años no empezó a escribir ficción, y sus novelas (Libro de lecturas alemán, Job, Huida sin fin, La leyenda del santo bebedor, El espejo ciego,  Confesión de un asesino, Hotel Savoy, La Cripta de los Capuchinos4, etc.) han sido traducidas a todas las lenguas cultas. Su obra más distintiva es La marcha Radetzky,  cuya primera edición  –póstuma–  se hizo en Colonia en 1950. Sin exagerar, estamos ante una de las cinco mejores novelas jamás escritas en lengua alemana.

Se trata de una saga de tres generaciones von Trotta (familia de origen esloveno de moderado abolengo) desde la batalla de Solferino hasta el estallido de la Gran Guerra. El relato arranca en el oeste,  en campo abierto,  y concluye en el recinto cerrado de una lejana guarnición militar, en los confines orientales del imperio, donde el protagonista es destinado como cadete. Sin enemigo posible ni probable, el rigor y la rutina militares caen fácilmente en el absurdo; se suceden pequeñas y secretas tragedias que ponen a prueba  a modo de camino de iniciación, de aprendizaje el temple del joven frente a las debilidades y bajezas del ser humano.
Hay pasajes en los que el último vástago von Trotta parece ser un alter ego de Hans Castorp en La montaña mágica o del teniente Drogo en El desierto de los tártaros.  Los tres personajes, como monjes pretéritos, llegan a la verdad desde el encierro.

Como leitmotiv recurrente, como estribillo obsesivo, un recuerdo infantil: durante la sobremesa de una apacible tarde de fiesta, la ventana permanece abierta a los olores de la primavera, y desde el templete de la plaza llegan los acordes de la marcha de Radetzky5, ejecutada por una banda militar todos los domingos, desde tiempo inmemorial.

Novela ambiguamente antimilitarista e indisimuladamente antimagiar6,  es uno de esos relatos que no deja indiferente al lector sensible. Si a una novela le es exigible que conmueva, es imposible no contagiarse, no hermanarse con esa nostalgia del pasado inmóvil, con esa doliente evocación del paraíso perdido que es La marcha Radetzky.

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(1)  Miklós Jancsó hizo una pretenciosa  –y justamente olvidada–   película sobre este suceso (Vicios privados, públicas virtudes, 1976). Casi una década después del suicidio de su primogénito, un anarquista italiano, a orillas del lago Lemán, atravesaba con un destornillador el corazón de la propia Sissi.

(2) Cometí el pecado de juventud de aprender húngaro, una de las pocas violencias hacia mí mismo de la que no me arrepiento. Mi alemán no da para leer novelas; mucho menos aún el polaco. Por lo general, las traducciones al castellano son correctas.

(3) Alguna biografía indica que, alcoholizado desde edad temprana, murió de delirium tremens en un hospital. Ambas versiones no son incompatibles.

(4) Panteón imperial de Viena, donde yacen Francisco José y más de cien despojos reales más.

(5) Himno oficioso del imperio, sin letra y con música de Johann Strauss. El himno oficial era Gott erhalte unsern Kaiser (Dios salve a nuestro emperador), con partitura de Joseph Haydn, y que, con otra letra (Deutschland, Deutschland, ueber alles), es el actual himno de Alemania.

(6) Se tiene al nacionalismo húngaro, más aun que al servio,  por genuino elemento disgregador del imperio.

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