Si je désire une eau d'Europe, c'est la flache
Noire et froide où,
vers le crépuscule embaumé,
Un enfant accroupi, plein de tristesse, lâche
Un bateau frêle, comme un papillon de mai. 1
(A. Rimbaud)
Chester Himes
(Jefferson City, Misuri, 1909 – Moraira, País Valenciano, 1984) fue uno de los
pocos negros —quizás el único— que hizo novela negra de calidad. Empezó a escribir en la cárcel. Fueron siete
años de una condena total de veinte por robo a mano armada. O sea, que Himes no
escribía historias criminales de oídas. Cuando lo soltaron, abandonó echando
pestes los Estados Unidos y, siendo ya un escritor consagrado, se estableció en
Provenza, que es donde estuvo ubicado el Edén, ya que situarlo en oriente es uno de tantos
errores bíblicos (Génesis,
2). Cambiando un paraíso por otro, acabó por recalar definitivamente en
Moraira, donde está enterrado. No vamos a hablar hoy de él, aunque no pasará
mucho tiempo sin que lo hagamos; el título de uno de sus libros (el único que
he leído) es demasiado tentador: Un ciego
con una pistola.
Cierto día
le preguntaron qué había aprendido de la vida después de haber tenido una tan
ajetreada. La respuesta fue que cualquier
persona, cualquiera, en un momento dado, es capaz de cometer la mayor de las
atrocidades. Si alguna vez os ha turbado la mirada de asombrada inocencia
que nos lanza, desde una inquietante y amarillenta fotografía, un bebé al que
la historia conocería después como Adolf Hitler; si os fijáis en esos ojos asustados,
comprenderéis sin necesidad de mayores razones que Himes no era un charlatán.
Me permitiré
aquí un salto retórico que, desde el edén de la Costa Blanca, nos trasponga en
el inhóspito desierto de Ogadén, donde según otra arraigada y vetusta tradición
pudo estar emplazado el Paraíso terrenal, si bien aquí Eva fue Lilit y la
serpiente el arcángel Samael (pero eso es otra historia, que San Jerónimo
enmascaró cuando pergeñó la Vulgata).
La ignorancia de
las dictaduras —ya se sabe— es tan infinita
como su crueldad. Sólo así es explicable la
distribución sin trabas, en la España de 1969, de una novela titulada El hombre de la cruz verde. El color no
alude a los prados irlandeses, sino al emblema de la “santa” Inquisición
española cuyo elemento central era una rústica cruz de madera, pero no seca y
muerta, sino con brotes reverdecidos, grosera alegoría de la vitalidad de la fe
católica.
Hacía apenas
seis años del fusilamiento de Julián Grimau. Cuando fue apresado, nadie daba un
ochavo por la vida de este comunista.
Como Michael Collins, Grimau fue traicionado. Policía de carrera e hijo
de policía, participó en la represión de la quinta
columna2 madrileña. Durante la guerra ingresó en el PCE, y
finalizada ésta se exilió en Francia. Nadie se explica cómo pudo ser enviado,
con sus antecedentes, al interior del país. Efectivamente, la Dictadura no lo
juzgó por militancia “ilegal” (que le
hubiera supuesto, en el peor de los casos, una larga condena), sino por su
condición de expolicía político (y a los chequistas3
no se les perdonaba). Grimau fue
brutalmente maltratado (llegó a ser arrojado por la ventana de un segundo piso)
y ejecutado por un pelotón de reclutas sin instrucción (la Guardia Civil se
negó), que lo fusilaron tan mal que
tras 27 tiros aún estaba con vida. Un
clamor internacional no logró salvarlo, pese a que su juicio fue una farsa. Fue
una farsa por muchas razones; la principal, que el fiscal era un impostor que ni siquiera era
licenciado en derecho4. Su engaño le llevó, años más tarde, a la
cárcel; pero no por ello se declaró nulo el juicio. Y así sigue. Se desconoce,
a día de hoy, el nombre del delator de Grimau. El nombre de quien le envió a
una muerte casi segura sí: Santiago Carrillo Solares.
El autor de El hombre de la cruz verde era Segundo Serrano Poncela (Madrid, 1912 –
Caracas, 1976). Como Grimau, también estuvo en el Madrid cercado de 1937-38.
Era, ni más ni menos, quien firmaba las órdenes de “puesta en libertad” de las
personas de derechas, reales o supuestas, encarceladas en la capital. Estas
órdenes eran mero barniz legal para encubrir vulgares y bárbaras sacas que concluían con el asesinato de
los presos en Paracuellos del Jarama. Técnicamente, Grimau estuvo a las órdenes
de Serrano. Al mando de ambos, Carrillo, a la sazón consejero de gobernación (ministro del interior) de la Junta de
Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja.
Cuando Carrillo
fue promovido a tan alta responsabilidad, se llevó con él a la plana mayor de
las JSU5, integrada, entre otros, por Fernando Claudín y el propio
Serrano. Del mismo modo que un presidente de gobierno, cincuenta años después, afirmó
tercamente que no sabía lo que hacía su ministro del Interior, ni su secretario
de estado de Seguridad, ni su director general de la Policía, ni sus coroneles
de la Guardia Civil, ni su gobernadores civiles, Carrillo ha sostenido durante
décadas que no se enteró de que su delegado de Orden Público organizaba, literalmente
en sus narices, la matanza sistemática de tres mil personas6.
La mayoría de
historiadores especializados en nuestra última contienda coinciden en señalar que
la obra del hispanista Ian Gibson Paracuellos,
cómo fue (1987) constituye la palabra definitiva sobre aquellos ominosos
sucesos, que ni la entonces reciente matanza perpetrada por los sublevados en
la toma de Badajoz7 —ni nada—
podía justificar. Las respuestas de Carrillo en la entrevista a que
Gibson lo somete son uno de los monumentos a la infamia más notables de la
historia reciente de España. Encarezco su lectura a todos aquellos que, como
yo, confiaron durante años en la inocencia del exsecretario general del PCE.
Llamo también la atención sobre el hecho de que el hispanista irlandés (hoy ya
español) es un contrastado hombre de izquierda8.
Carrillo, como el presidente de diez lustros después, tenía la
saludable costumbre de no estampar su firma en documentos comprometedores;
Serrano Poncela tuvo la candidez de firmarlo todo: los papeles están al alcance
de cualquiera, en internet sin ir más lejos. Tal vez era el más inocente de los
tres; y por eso, acabada la contienda, abandonó el partido y la política, y
jamás salió de su boca —ni de su pluma—
la más leve alusión al período de la Guerra. Bueno, jamás no; porque, aunque
para la mayoría pasara desapercibido, El
hombre de la cruz verde es una confesión pública en toda regla.
Así como Chester Himes se retiró al edén de occidente para seguir
escribiendo excelentes novelas criminales; y Judah O’Leary buscó el consuelo de
Rimbaud en el erial etíope para olvidar que había traicionado y asesinado, en
la verde Irlanda, a su propio hermano; Serrano Poncela optó por esconderse en
el regazo de varias universidades americanas, desde donde desplegó una ingente
labor intelectual y se convirtió en el primer especialista de Antonio Machado
en lengua hispana. Agreguemos de paso que también devino un novelista de
calidad extraordinaria. El propio Gibson no oculta su perplejidad cuando
descubrió que aquel Segundo Serrano que le enseñó, en sus años de estudiante en
Dublín, a conocer al poeta de Campos de
Castilla, y aquel otro Segundo Serrano, verdugo de miles de inocentes en el
Madrid cercado por los fascistas, eran una única y misma persona.
El hombre de
la cruz verde es una novela histórica cuyo protagonista es un familiar (hermano seglar) de la Inquisición, que recibe el encargo
de investigar un extraño suceso en que se ha visto envuelto el príncipe de
Asturias, el infante don Carlos, primogénito y malhadado hijo de Felipe II.
Sobre don Carlos hay dos versiones. La primera, alineada con lo más
genuino de la Leyenda Negra, tomó cuerpo en la tragedia de Schiller Don Karlos Infant von Spanien, donde se
nos presenta al príncipe como un joven romántico y sensible, víctima de un
padre tiránico y despiadado. La segunda, ampliamente respaldada por la
historiografía moderna, es la ofrecida por el Padre Coloma en Jeromín, que con serias limitaciones
creativas —pero con sobria dignidad— quiere ser
una biografía novelada de don Juan de Austria, hermano bastardo del rey.
Coloma no fue un literato genial, pero demostró poseer una buena
intuición histórica al perfilarnos a un heredero tarado física y mentalmente,
que ostentaba la crueldad de un niño malcriado con “lindezas” como las de cegar
caballos o hervir conejos vivos, y que en su breve paso por el mundo fue un
pertinaz esclavo del pecado de la lujuria.
El hombre de
la cruz verde está narrada en primera persona, dispuesta como un largo monólogo
interior del protagonista —cuyo nombre
jamás es mencionado— al que entrevemos
como un hombre joven y orgulloso de formar parte de la confesión más poderosa
de occidente, con cuyos dogmas comulga sin reservas, un joven arrogante y
fanático, satisfecho de su pertenencia a la élite, a la punta de lanza de la
catolicidad, a la que —sinceramente— ve asediada por mil enemigos. El misterioso
personaje que le encarga la indagación (“Su Señoría”), le advierte de que lo
único que se espera de él es que “encuentre la verdad”. Nada más fácil, pues,
para quien cree vivir en ella y para ella.
Pero cuando el joven inquisidor llega a la conclusión de que la caída
del príncipe de Asturias ha sido la fatal consecuencia de la vulgar y lúbrica
persecución de una criada, descubre que esta “verdad” no se ajusta a los
intereses de estado del momento, cuyo oráculo es Su Señoría.
El heredero de medio mundo, por más sátiro y lunático que sea, no
puede haber rodado por unas empinadas escaleras, en la penumbra, ni haber
soportado después una trepanación (que lo dejaría vivo, pero aún más idiota) a causa,
sin más, de su insensata impudicia. El investigador es amonestado y sutilmente
intimidado por su superior, quien le apremia a seguir buscando “la verdad” del
caso: el atentado y, si ello fuera posible, la concurrencia de brujería.
El hombre de la cruz verde en el pecho sabe entonces que, lejos de su
fervor idealista, es una mera pieza de un engranaje diabólico, el peón de una
organización malvada. Pero se somete y encuentra
la “verdad” pertinente, aunque eso suponga llevar a la hoguera a una muchacha
inocente, a una cocinera analfabeta.
Cuando, en la novela más famosa de H. Hesse, el protagonista le
pregunta a su extraño amigo Demian por qué lo ha amparado desde niño, éste
contesta: “Porque tú también la llevas”. “¿Dónde?” “En la frente” “¿Qué llevo
en la frente?” “La marca” “¿Qué marca?” “La marca de Caín”.
La marca de Caín no es un estigma fácil de reconocer. El inquisidor de
la cruz verde no la lleva bordada en su capa, sino grabada a fuego en el
corazón. Varios siglos después su portador será un joven Segundo Serrano, y
adquirirá la forma del símbolo de los parias de la tierra, llevado
orgullosamente en el bolsillo más interno del chaleco, y transmutado —en una ciudad cerrada y cercada— en metal candente e ignominioso. En su escondite abisinio (que fue un día,
tal vez, el Edén), mientras recita a Rimbaud, Judah O’Leary nos revela la suya
en la cicatriz dejada por un balazo en la sien,
residuo probable de un suicidio fallido o de una ejecución —como la de Grimau— defectuosa.
El hombre de
la cruz verde es una novela genial, opresiva, lenta y sombría; una novela armada con
recursos muy parcos, con la sencillez de las cosas perfectas. No en vano su
autor era admirador del poeta de la sencillez, del poeta de la Tierra de Alvargonzález, cuya Laguna
Negra grita el remordimiento de un crimen atroz. Negras lagunas que se trenzan
con charcas negras y oscuras donde lanzan frágiles barcos de papel niños
tristes e inocentes; aunque después
crezcan y se conviertan en presidiarios que escriben novelas. O en Adolf
Hitler.
No fue por estos campos el
bíblico jardín;
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
Por donde cruza errante la sombra de Caín.9
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
Por donde cruza errante la sombra de Caín.9
________
(1)
“Si tengo en Europa un mar preferido, es
la charca/ negra y fría donde, hacia un crepúsculo en brumas,/ un niño
arrodillado, lleno de tristeza, suelta/ un barco de papel, como una mariposa en
mayo.”
(2)
Franco lanzó sobre Madrid 4 columnas
[unidad militar irregular situada entre el batallón y la brigada], la quinta sería, de acuerdo con la sabia
intuición del pueblo, los partidarios del golpe emboscados en la capital. El
término quintacolumnista se ha
generalizado después como sinónimo de “espía”. El general Gutiérrez Mellado
(entonces sólo alférez en la clandestinidad) fue un quintacolumnista ilustre.
(3)
Derivado del acrónimo checa (CHrezvychaynaya
Komissiya,
policía política bolchevique predecesora del KGB). En la España de entonces,
más que a un cuerpo de seguridad, el término checa se refería a sus
centros de detención, y chequista era quien prestaba servicio en ellos,
fuera policía o no.
(4)
Dejo aquí constancia del nombre de aquel infame: Manuel Fernández Martín.
(5)
Juventudes Socialistas Unificadas. Durante la Guerra hubo un intento de fusión
entre el PSOE y el PCE, que sólo fructificó en Cataluña (PSUC) y en las
juventudes de ambas organizaciones. Carrillo procedía de las Juventudes del
PSOE; y de las JSU pasó al PCE. Su padre, el intelectual socialista Wenceslao
Carrillo, renegó de él por ello.
(6)
Los historiadores establecen un horquilla de 2.000 a 5.000.
(7)
Aquí la horquilla es de 4.000 a 9.000 muertos. La fuente ortodoxa es Francisco
Espinosa (La columna de la muerte,
2007)
(8)
La presente reseña fue concebida tras el impacto de una de las mejores novelas
que ha caído en mis manos en los últimos años: Anatomía de un instante, de Javier
Cercas. En ella, este autor (magistral narrador, por otra parte, de
fusilamientos defectuosos en Soldados de
Salamina) nos pinta a Carrillo, Suárez y Gutiérrez Mellado con trazos tan favorables
que rozan lo mítico. No negaremos sus méritos durante el 23-F, pero tenemos por
acertado que la historia debe ser devota del claroscuro. En la inefable entrevista que reproduce el
libro de Gibson, Carrillo tiene la desfachatez de afirmar que los presos eran
trasladados lejos del frente (éste había llegado al casco urbano madrileño) y
de los bombardeos, por su propia
seguridad; se supone que hacia las cárceles de Valencia. En el trayecto
habrían sido “secuestrados” y fusilados
por elementos incontrolados, desertores del frente de Somosierra. Esta insidia,
casi calcada del montaje para tapar el asesinato de Andreu Nin, insinúa que
estos “incontrolados” formarían parte de las milicias anarquistas. En honor a
la verdad debe ser dicho que fue precisamente un anarquista quien, siendo
director de la Cárcel Modelo, se jugó la vida poniéndose en medio de las
víctimas y sus verdugos, acabando con las sacas.
Los presos supervivientes lo bautizaron como El Ángel Blanco; su nombre está en cualquier fuente de consulta.
Este héroe, que consideró atinado poner la vida de fascistas indefensos por
delante de la suya propia, fue tratado con benevolencia tras la guerra (sufrió
un breve encarcelamiento). Idéntico trato recibió otro anarquista que, por las
mismas fechas, tuvo la hombría de enfrentarse, a la cabeza de sus tropas, a los
comunistas que habían secuestrado a la agonizante República, asegurando así que
el golpe de Besteiro y Casado (que querían poner fin a todo de una puñetera
vez) llegara a buen puerto. Este anarquista se llamaba Cipriano Mera, y murió
en Francia a los 77 años, recién jubilado como simple albañil, profesión a la
que volvió tras haber mandado una cuerpo de ejército en la guerra de España.
Con suerte, igual Javier Cercas escribe algo de este hombre, que prefirió
acabar sus días de pobre pero digno paleta,
en vez de brillante tertuliano.
(9) Antonio Machado. “Por tierras de España”. Campos de Castilla, 1912
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