Párizsban járt az Ősz (Endre Ady)

miércoles, 1 de enero de 2014

La marca de Caín



 
Si je désire une eau d'Europe, c'est la flache
Noire et froide  où, vers le crépuscule embaumé,
Un enfant accroupi, plein de tristesse, lâche
Un bateau frêle, comme un papillon de mai. 1

(A. Rimbaud)


Chester Himes (Jefferson City, Misuri, 1909 – Moraira, País Valenciano, 1984) fue uno de los pocos negros  quizás el único  que hizo novela negra de calidad.  Empezó a escribir en la cárcel. Fueron siete años de una condena total de veinte por robo a mano armada. O sea, que Himes no escribía historias criminales de oídas. Cuando lo soltaron, abandonó echando pestes los Estados Unidos y, siendo ya un escritor consagrado, se estableció en Provenza, que es donde estuvo ubicado el Edén,  ya que situarlo en oriente es uno de tantos errores bíblicos (Génesis, 2). Cambiando un paraíso por otro, acabó por recalar definitivamente en Moraira, donde está enterrado. No vamos a hablar hoy de él, aunque no pasará mucho tiempo sin que lo hagamos; el título de uno de sus libros (el único que he leído) es demasiado tentador: Un ciego con una pistola.
 
Cierto día le preguntaron qué había aprendido de la vida después de haber tenido una tan ajetreada. La respuesta fue que cualquier persona, cualquiera, en un momento dado, es capaz de cometer la mayor de las atrocidades. Si alguna vez os ha turbado la mirada de asombrada inocencia que nos lanza, desde una inquietante y amarillenta fotografía, un bebé al que la historia conocería después como Adolf Hitler; si os fijáis en esos ojos asustados, comprenderéis sin necesidad de mayores razones que Himes no era un charlatán.

Me permitiré aquí un salto retórico que, desde el edén de la Costa Blanca, nos trasponga en el inhóspito desierto de Ogadén, donde según otra arraigada y vetusta tradición pudo estar emplazado el Paraíso terrenal, si bien aquí Eva fue Lilit y la serpiente el arcángel Samael (pero eso es otra historia, que San Jerónimo enmascaró cuando pergeñó la Vulgata).
En la última viñeta de un  cómic de 1972 titulado Un tiro desde las chumberas, de la serie Las etiópicas del aventurero Corto Maltés, y que constituye una variación más del tema del traidor y el héroe, iniciado tal vez por Borges (Ficciones, 1944), explotado por Bertolucci (La estrategia de la araña, 1970) y exprimido por Neil Jordan (Michael Collins, 1996), al final del episodio, el marino del aro en la oreja tiene que explicar qué es Irlanda a un nativo abisinio. “Es un lugar donde la hierba siempre está verde y los hermanos odian a los hermanos”. La reseña literaria de este mes ahora sí  nos llevará a un país donde predomina el color pardo, donde también ocurrían cosas terribles, y donde los hermanos mataban a los hermanos. Un país que, como Irlanda en 1922, estaba en guerra civil.
La ignorancia de las dictaduras —ya se sabe—  es tan infinita como su crueldad. Sólo así es explicable la distribución sin trabas, en la España de 1969, de una novela titulada El hombre de la cruz verde. El color no alude a los prados irlandeses, sino al emblema de la “santa” Inquisición española cuyo elemento central era una rústica cruz de madera, pero no seca y muerta, sino con brotes reverdecidos, grosera alegoría de la vitalidad de la fe católica.
 
Hacía apenas seis años del fusilamiento de Julián Grimau. Cuando fue apresado, nadie daba un ochavo por la vida de este comunista.  Como Michael Collins, Grimau fue traicionado. Policía de carrera e hijo de policía, participó en la represión de la quinta columna2 madrileña. Durante la guerra ingresó en el PCE, y finalizada ésta se exilió en Francia. Nadie se explica cómo pudo ser enviado, con sus antecedentes, al interior del país. Efectivamente, la Dictadura no lo juzgó por  militancia “ilegal” (que le hubiera supuesto, en el peor de los casos, una larga condena), sino por su condición de expolicía político (y a los chequistas3 no se les perdonaba).  Grimau fue brutalmente maltratado (llegó a ser arrojado por la ventana de un segundo piso) y ejecutado por un pelotón de reclutas sin instrucción (la Guardia Civil se negó), que lo fusilaron tan mal que tras  27 tiros aún estaba con vida. Un clamor internacional no logró salvarlo, pese a que su juicio fue una farsa. Fue una farsa por muchas razones; la principal, que el fiscal  era un impostor que ni siquiera era licenciado en derecho4. Su engaño le llevó, años más tarde, a la cárcel; pero no por ello se declaró nulo el juicio. Y así sigue. Se desconoce, a día de hoy, el nombre del delator de Grimau. El nombre de quien le envió a una muerte casi segura sí: Santiago Carrillo Solares.
El autor de El hombre de la cruz verde era Segundo Serrano Poncela (Madrid, 1912 – Caracas, 1976). Como Grimau, también estuvo en el Madrid cercado de 1937-38. Era, ni más ni menos, quien firmaba las órdenes de “puesta en libertad” de las personas de derechas, reales o supuestas, encarceladas en la capital. Estas órdenes eran mero barniz legal para encubrir vulgares y bárbaras sacas que concluían con el asesinato de los presos en Paracuellos del Jarama. Técnicamente, Grimau estuvo a las órdenes de Serrano. Al mando de ambos, Carrillo, a la sazón consejero de gobernación (ministro del interior) de la Junta de Defensa de Madrid, presidida por el general Miaja.

Cuando Carrillo fue promovido a tan alta responsabilidad, se llevó con él a la plana mayor de las JSU5, integrada, entre otros, por Fernando Claudín y el propio Serrano. Del mismo modo que un presidente de gobierno, cincuenta años después, afirmó tercamente que no sabía lo que hacía su ministro del Interior, ni su secretario de estado de Seguridad, ni su director general de la Policía, ni sus coroneles de la Guardia Civil, ni su gobernadores civiles, Carrillo ha sostenido durante décadas que no se enteró de que su delegado de Orden Público organizaba, literalmente en sus narices, la matanza sistemática de  tres mil personas6.
portada el hombre de la cruz verde.
La mayoría de historiadores especializados en nuestra última contienda coinciden en señalar que la obra del hispanista Ian Gibson Paracuellos, cómo fue (1987) constituye la palabra definitiva sobre aquellos ominosos sucesos, que ni la entonces reciente matanza perpetrada por los sublevados en la toma de Badajoz7 —ni nada—  podía justificar. Las respuestas de Carrillo en la entrevista a que Gibson lo somete son uno de los monumentos a la infamia más notables de la historia reciente de España. Encarezco su lectura a todos aquellos que, como yo, confiaron durante años en la inocencia del exsecretario general del PCE. Llamo también la atención sobre el hecho de que el hispanista irlandés (hoy ya español) es un contrastado hombre de izquierda8.

Carrillo, como el presidente de diez lustros después, tenía la saludable costumbre de no estampar su firma en documentos comprometedores; Serrano Poncela tuvo la candidez de firmarlo todo: los papeles están al alcance de cualquiera, en internet sin ir más lejos. Tal vez era el más inocente de los tres; y por eso, acabada la contienda, abandonó el partido y la política, y jamás salió de su boca  —ni de su pluma— la más leve alusión al período de la Guerra. Bueno, jamás no; porque, aunque para la mayoría pasara desapercibido, El hombre de la cruz verde es una confesión pública en toda regla.

Así como Chester Himes se retiró al edén de occidente para seguir escribiendo excelentes novelas criminales; y Judah O’Leary buscó el consuelo de Rimbaud en el erial etíope para olvidar que había traicionado y asesinado, en la verde Irlanda, a su propio hermano; Serrano Poncela optó por esconderse en el regazo de varias universidades americanas, desde donde desplegó una ingente labor intelectual y se convirtió en el primer especialista de Antonio Machado en lengua hispana. Agreguemos de paso que también devino un novelista de calidad extraordinaria. El propio Gibson no oculta su perplejidad cuando descubrió que aquel Segundo Serrano que le enseñó, en sus años de estudiante en Dublín, a conocer al poeta de Campos de Castilla, y aquel otro Segundo Serrano, verdugo de miles de inocentes en el Madrid cercado por los fascistas, eran una única y misma persona.

El hombre de la cruz verde es una novela histórica cuyo protagonista es un familiar (hermano seglar) de la Inquisición, que recibe el encargo de investigar un extraño suceso en que se ha visto envuelto el príncipe de Asturias, el infante don Carlos, primogénito y malhadado hijo de Felipe II.

Sobre don Carlos hay dos versiones. La primera, alineada con lo más genuino de la Leyenda Negra, tomó cuerpo en la tragedia de Schiller Don Karlos Infant von Spanien, donde se nos presenta al príncipe como un joven romántico y sensible, víctima de un padre tiránico y despiadado. La segunda, ampliamente respaldada por la historiografía moderna, es la ofrecida por el Padre Coloma en Jeromín, que con serias limitaciones creativas —pero con sobria dignidad— quiere ser  una biografía novelada de don Juan de Austria, hermano bastardo del rey.

Coloma no fue un literato genial, pero demostró poseer una buena intuición histórica al perfilarnos a un heredero tarado física y mentalmente, que ostentaba la crueldad de un niño malcriado con “lindezas” como las de cegar caballos o hervir conejos vivos, y que en su breve paso por el mundo fue un pertinaz esclavo del pecado de la lujuria.

El hombre de la cruz verde está narrada en primera persona, dispuesta como un largo monólogo interior del protagonista  —cuyo nombre jamás es mencionado—  al que entrevemos como un hombre joven y orgulloso de formar parte de la confesión más poderosa de occidente, con cuyos dogmas comulga sin reservas, un joven arrogante y fanático, satisfecho de su pertenencia a la élite, a la punta de lanza de la catolicidad, a la que  —sinceramente—  ve asediada por mil enemigos. El misterioso personaje que le encarga la indagación (“Su Señoría”), le advierte de que lo único que se espera de él es que “encuentre la verdad”. Nada más fácil, pues, para quien cree vivir en ella y para ella.

Pero cuando el joven inquisidor llega a la conclusión de que la caída del príncipe de Asturias ha sido la fatal consecuencia de la vulgar y lúbrica persecución de una criada, descubre que esta “verdad” no se ajusta a los intereses de estado del momento, cuyo oráculo es Su Señoría.

El heredero de medio mundo, por más sátiro y lunático que sea, no puede haber rodado por unas empinadas escaleras, en la penumbra, ni haber soportado después una trepanación (que lo dejaría vivo, pero aún más idiota) a causa, sin más,  de su insensata impudicia.  El investigador es amonestado y sutilmente intimidado por su superior, quien le apremia a seguir buscando “la verdad” del caso: el atentado y, si ello fuera posible, la concurrencia de brujería.

El hombre de la cruz verde en el pecho sabe entonces que, lejos de su fervor idealista, es una mera pieza de un engranaje diabólico, el peón de una organización malvada. Pero se somete y encuentra la “verdad” pertinente, aunque eso suponga llevar a la hoguera a una muchacha inocente, a una cocinera analfabeta.

Cuando, en la novela más famosa de H. Hesse, el protagonista le pregunta a su extraño amigo Demian por qué lo ha amparado desde niño, éste contesta: “Porque tú también la llevas”. “¿Dónde?” “En la frente” “¿Qué llevo en la frente?” “La marca” “¿Qué marca?” “La marca de Caín”.

La marca de Caín no es un estigma fácil de reconocer. El inquisidor de la cruz verde no la lleva bordada en su capa, sino grabada a fuego en el corazón. Varios siglos después su portador será un joven Segundo Serrano, y adquirirá la forma del símbolo de los parias de la tierra, llevado orgullosamente en el bolsillo más interno del chaleco, y transmutado  —en una ciudad cerrada y cercada—  en metal candente e ignominioso.   En su escondite abisinio (que fue un día, tal vez, el Edén), mientras recita a Rimbaud, Judah O’Leary nos revela la suya en la cicatriz dejada por un balazo en la sien,  residuo probable de un suicidio fallido o de una ejecución  —como la de Grimau—  defectuosa.

El hombre de la cruz verde es una novela genial, opresiva, lenta y sombría; una novela armada con recursos muy parcos, con la sencillez de las cosas perfectas. No en vano su autor era admirador del poeta de la sencillez, del poeta de la Tierra de Alvargonzález, cuya Laguna Negra grita el remordimiento de un crimen atroz. Negras lagunas que se trenzan con charcas negras y oscuras donde lanzan frágiles barcos de papel niños tristes e inocentes;  aunque después crezcan y se conviertan en presidiarios que escriben novelas. O en Adolf Hitler.

No fue por estos campos el bíblico jardín;
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
Por donde cruza errante la sombra de Caín.9



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(1) “Si tengo en Europa un mar preferido, es la charca/ negra y fría donde, hacia un crepúsculo en brumas,/ un niño arrodillado, lleno de tristeza, suelta/ un barco de papel, como una mariposa en mayo.”

(2) Franco lanzó sobre Madrid 4 columnas [unidad militar irregular situada entre el batallón y la brigada], la quinta sería, de acuerdo con la sabia intuición del pueblo, los partidarios del golpe emboscados en la capital. El término quintacolumnista se ha generalizado después como sinónimo de “espía”. El general Gutiérrez Mellado (entonces sólo alférez en la clandestinidad) fue un quintacolumnista ilustre.

(3) Derivado del acrónimo checa (CHrezvychaynaya Komissiya, policía política bolchevique predecesora del KGB). En la España de entonces, más que a un cuerpo de seguridad, el término checa se refería a sus centros de detención, y chequista era quien prestaba servicio en ellos, fuera policía o no.

(4) Dejo aquí constancia del nombre de aquel infame: Manuel Fernández Martín.

(5) Juventudes Socialistas Unificadas. Durante la Guerra hubo un intento de fusión entre el PSOE y el PCE, que sólo fructificó en Cataluña (PSUC) y en las juventudes de ambas organizaciones. Carrillo procedía de las Juventudes del PSOE; y de las JSU pasó al PCE. Su padre, el intelectual socialista Wenceslao Carrillo, renegó de él por ello.

(6) Los historiadores establecen un horquilla de 2.000 a 5.000.

(7) Aquí la horquilla es de 4.000 a 9.000 muertos. La fuente ortodoxa es Francisco Espinosa (La columna de la muerte, 2007)

(8) La presente reseña fue concebida tras el impacto de una de las mejores novelas que ha caído en mis manos en los últimos años: Anatomía de un instante, de Javier Cercas. En ella, este autor (magistral narrador, por otra parte, de fusilamientos defectuosos en Soldados de Salamina) nos pinta a Carrillo, Suárez y Gutiérrez Mellado con trazos tan favorables que rozan lo mítico. No negaremos sus méritos durante el 23-F, pero tenemos por acertado que la historia debe ser devota del claroscuro.  En la inefable entrevista que reproduce el libro de Gibson, Carrillo tiene la desfachatez de afirmar que los presos eran trasladados lejos del frente (éste había llegado al casco urbano madrileño) y de los bombardeos, por su propia seguridad; se supone que hacia las cárceles de Valencia. En el trayecto habrían sido “secuestrados”  y fusilados por elementos incontrolados, desertores del frente de Somosierra. Esta insidia, casi calcada del montaje para tapar el asesinato de Andreu Nin, insinúa que estos “incontrolados” formarían parte de las milicias anarquistas. En honor a la verdad debe ser dicho que fue precisamente un anarquista quien, siendo director de la Cárcel Modelo, se jugó la vida poniéndose en medio de las víctimas y sus verdugos, acabando con las sacas. Los presos supervivientes lo bautizaron como El Ángel Blanco; su nombre está en cualquier fuente de consulta. Este héroe, que consideró atinado poner la vida de fascistas indefensos por delante de la suya propia, fue tratado con benevolencia tras la guerra (sufrió un breve encarcelamiento). Idéntico trato recibió otro anarquista que, por las mismas fechas, tuvo la hombría de enfrentarse, a la cabeza de sus tropas, a los comunistas que habían secuestrado a la agonizante República, asegurando así que el golpe de Besteiro y Casado (que querían poner fin a todo de una puñetera vez) llegara a buen puerto. Este anarquista se llamaba Cipriano Mera, y murió en Francia a los 77 años, recién jubilado como simple albañil, profesión a la que volvió tras haber mandado una cuerpo de ejército en la guerra de España. Con suerte, igual Javier Cercas escribe algo de este hombre, que prefirió acabar sus días de pobre pero digno paleta, en vez de brillante tertuliano.

(9) Antonio Machado. “Por tierras de España”. Campos de Castilla, 1912


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