Pálido
asceta, qué mal me hiciste.
Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste.
Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste.
(A. Nervo)
Con cara de pocos amigos, prematuramente envejecido, desaliñado el traje y
enmarañados los cabellos, cruza el gélido corredor universitario. Tiene que
apartar, con seca brusquedad, a grupos de jovenzuelos que se apretujan ante la clase
de G. F. Hegel, donde ya no cabe un alfiler. A él, en cambio, le esperan apenas
media docena de fieles discípulos, un crudo día berlinés del mes de marzo de
1830.
Hegel es la estrella académica del momento, su filosofía provoca entusiasmo,
tanto entre la juventud radical como –paradójicamente– en el seno del gobierno prusiano. Pero a él no le importa, porque tiene a Hegel
por un fatuo y un frívolo, cuyas teorías son inconsistentes como el humo, y
cuyo éxito le llena de amargura.
Con el tiempo, la dialéctica
hegeliana será desarrollada por un judío de Tréveris llamado Karl Marx, que
dará cimientos a un movimiento social formidable a escala planetaria, como
jamás conocieron los anales humanos. Tanto Hegel como Marx son filósofos optimistas, pues ambos creen que un
paraíso nos aguarda al final de la historia, ya sea en los confines celestiales
(el Absoluto) o sobre la tierra (la
sociedad sin clases).
Todo lo contrario piensa Arthur
Schopenhauer (1788-1860), que emite algo parecido a un gruñido en respuesta
al saludo respetuoso de sus contados alumnos, puestos en pie. Para él no hay
más mundo que el que pisamos, y éste es el país del espanto.
Este mundo no es habitable ni hermoso –les dirá–, sino el peor de los
posibles. Y también les dirá que Dios no existe, que, de existir algo ahí arriba,
sólo puede tratarse de un ente malvado, que convierte nuestras vidas en
infiernos, dilapidadas entre el dolor y el aburrimiento.
Y ello se debe a que la esencia íntima del hombre es una pasión salvaje y ciega, un deseo tiránico e
insaciable que nos obliga a buscar sin
cesar nuevas empresas y aspiraciones, sin que jamás nos colmen. Y, por si esto
fuera poco, nos acechan las enfermedades, los terremotos, las inundaciones, la
guerra y el hambre. La vida y el dolor son la doble cara de una misma moneda.
“Vivir significa experimentar sin fin una
serie de desgracias, grandes o pequeñas. El sufrimiento puede ser provocado por
la violencia de nuestros semejantes, por la naturaleza física, brutal, que nos
rodea, o por la simple maldad que caracteriza a nuestra especie. De manera que
la vida es un penal en el que cumplimos condena y del que sólo saldremos en
libertad con la muerte.”
Aquellos jóvenes alemanes escucharán que el ser humano es un infame
depredador, cuya necedad lo torna incapaz de obrar con raciocinio, cosa que
podría, tal vez, aportarle algún alivio.
“Contemplando
un patio de colegio a la hora del recreo ya se observa la guerra de todos
contra todos de Hobbes1;
el egoísmo es pueril, pero expresa la condición humana. Más de uno sería capaz de matar a sus
semejantes con el único fin de usar la
grasa de los cadáveres para lustrarse los zapatos.”
Le escuchan en respetuoso silencio,
sobrecogidos por el hondo pesimismo de su maestro, del filósofo nacido a
orillas del Báltico cuyos huesos acabarán en una anónima tumba de Fráncfort, donde vivió
los últimos 30 años de su existencia en retiro voluntario; de aquel hombre que
leía a Baltasar Gracián en español y que, muchos años más tarde, se convertiría
en una de las lecturas predilectas de otro enfurruñado español llamado Pío
Baroja, su semejante en tantas cosas².
En la lección de
hoy tal vez les diga que los animales son nuestros hermanos de sufrimiento,
pobres compañeros de viaje en este barco-mazmorra que navega hacia ninguna
parte. Que la compasión hacia los animales está tan estrechamente ligada a la bondad, que
se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con los animales no puede ser
una buena persona; que es signo inequívoco de decencia la piedad sin límites
hacia todos los seres vivos. Porque el hombre –prosigue– ha hecho de la Tierra
un infierno para los animales, a quienes debemos, simplemente, justicia.
Nunca se casó, y vivió con la escueta compañía de una austera ama de llaves
y de un perro, al que, cuando hacía alguna travesura o rompía algo, le gritaba
este terrible insulto: “¡Hombre!”
“Mientras en los animales el instinto de
pertenencia a una especie vence al instinto individualizador, los humanos, en
cambio, se creen neciamente únicos,
distintos; cada ego se imagina que encarna algo incomparable,
irrepetible, central, alrededor del cual gira todo el universo.”
“Con el intelecto nace la capacidad para
sentirse diferente, para sorprenderse/extrañarse de la propia existencia. Pero
no se trata de una sorpresa agradable; más bien lo que caracteriza lo humano es
una estupefacción
dolorosa ante la miseria de la vida. Forma parte de la condición
humana saber que hemos de nacer y de morir. Por eso, por la brutal lucidez que
nos produce la muerte y su falta de sentido, el humano es un animal enfermo.”
Esto nos coloca
a un paso del budismo y a un palmo del existencialismo. Justamente, pues nos
propone –como hizo Albert Camus un siglo después– rebelarnos contra el absurdo
de la existencia, oponiendo a ese absurdo una actitud ética intachable e
insobornable. En oposición al individuo religioso, que si obra bien es para
cumplir un mandato, para complacer a un testigo
omnipresente, o para recibir –en la
otra vida– una recompensa, el
existencialista aspira a ser moralmente irreprochable porque sí, sin testigos,
a cambio de nada, sabiendo que al final sólo le espera la nada, la aniquilación
absoluta. Es su grandeza, su manera de
protestar, aunque sea una protesta inútil4.
La amarga
filosofía práctica del sabio prusiano resplandece en su famoso Dilema del erizo: “Dos erizos, ateridos
de frío, se encuentran en medio de una calle. Para no perecer congelados se les
ocurre abrazarse para darse calor, pero descubren que así se clavan mutuamente
las púas y se producen un dolor insufrible. Se alejan, entre lamentos, uno de
otro. Pero entonces comprenden que morirán de frío. Tras unos instantes de
reflexión caen en la cuenta de que la solución al dilema es encontrar la distancia precisa para que el dolor
sea soportable y el calor suficiente”.
Así entendía
Schopenhauer las relaciones humanas.
Puede decirse
que Schopenhauer es filósofo de un único
libro, elaborado en la temprana juventud
—a los 24 años — y de título prosaico: El Mundo como voluntad y representación.
La “voluntad” debe ser entendida como la pasión insaciada e insaciable que
hemos citado más arriba; la “representación” ha de tomarse por la incapacidad
del hombre para conocer la realidad, más allá de un conocimiento superficial o descriptivo;
de manera que nos es y siempre nos será imposible saber el porqué o el para qué del
universo existente, en el caso improbable de que exista un porqué y un para qué.
“Todo acaba con la muerte, y toda
representación nos deja con el mal sabor de boca de la superficialidad. El mundo
expresa, pues, su absurdo ontológico, existe sin causa ni meta, sin qué
y sin porqué. La voluntad produce y
reproduce el mundo ciegamente, enferma
de tiempo sin futuro, de eterno retorno en el tiempo, de banalidad de la representación, característica de la vida humana; (…) enfermos
en el hastío que, en vez de esperar que
llegue el futuro, esperamos que llegue el pasado.”
El libro fue,
editorialmente, un fracaso, apenas se vendió. A partir de ahí, toda la
producción del filósofo son meras ampliaciones del original. Las quinientas
páginas de la primera edición, corregida y ampliada veinticinco años más tarde,
se convirtieron en más de mil en la
segunda, que constituyó otro fiasco comercial. Una década después sacó a la luz una colección
de ensayos y aforismos, Parerga y paralipómena5, que provocó
el entusiasmo general y se agotó en pocas semanas. Los Parerga lo convirtieron, a su pesar, en un hombre
célebre, y son considerados comúnmente como la segunda parte de su
tratado capital.
La monumentalidad
de la obra de Schopenhauer ha sido un elemento disuasorio para su
popularización, si bien podemos leerlo con la seguridad de
entenderlo, porque, como Freud o Marx, era un gran prosista; al revés que otros
grandes filósofos, como Hegel, Kierkegaard, Kant, Spinoza o Bergson, cuya
“dificultad” no se debe a lo prolijo o a lo complejo de sus doctrinas, sino a
que, simplemente, no sabían escribir6. A efectos
prácticos –y también comerciales– a
Schopenhauer se lo vende a trozos: la
oferta editorial está llena de libritos que no son en puridad obras del
filósofo, sino compendios de retales espigados
aquí y allá de la colosal obra del pensador alemán.
Leyendo a este
hombre nos parece estar oyendo lo que no queremos oír, aunque sepamos, allá en lo
profundo, que es la verdad, la terrible verdad que enmascaramos con infantiles
creencias y patéticas esperanzas.
Hace más de treinta años, alguien me confesó que, siendo adolescente,
intentó suicidarse tras leer La peste,
de Camus. Al recomendar desde aquí la lectura de Schopenhauer declino, desde
luego, toda responsabilidad en los destrozos.
___________
(¹)
Filósofo inglés que afirmó que ‘el hombre es un lobo para el hombre’ (homo homini lupus).
(²)
Dicen que el novelista vasco, durante uno de sus paseos por El Retiro, fue
abordado por un admirador. “¿Es usted don Pío Baroja?”. El escritor, siguiendo calmosamente su camino
y sin volver la cabeza, contestó: “No”.
(3) Así,
Baroja llegó a decir que tener hijos es un crimen contra la humanidad. En la
actualidad, existe una corriente de pensamiento (Voluntary Human Extinction Movement), dentro de
la llamada ecología profunda, que
defiende la no procreación, hasta la total extinción de los humanos, como el mejor favor que se le puede hacer al
planeta. Tiene página
web, en inglés: www.vhemt.org.
(4)
Camus, que era ateo y políticamente escéptico, se jugó la vida en la
Resistencia y más tarde condenó, contra la opinión de toda Francia y
convirtiéndose en un apestado, la guerra de Argelia. Cuando le preguntaron el
motivo, repuso: “Por decencia”.
(5) Helenismos que significan Borradores y apéndices
(6) El caso de Bergson es especialmente
aberrante, ya que se incurrió en el disparate de galardonarlo con el Nobel de
literatura.
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