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miércoles, 1 de enero de 2014

¿Ama la ciencia? Hágase anarquista


 
Creo que fue F. Engels quien acuñó el término socialismo científico, para diferenciarlo del otro, supuestamente utópico (todos los son*),  cuyos apóstoles fueron Robert Owen, Henri de Saint-Simon  y  Charles Fourier.  Quizá sea legítimo sostener que estos buscadores de Icarias reencarnaron  su alma inmortal en la  Primera Internacional, o  —mejor dicho—   en quienes se quedaron con sus siglas tras la escisión marxista; me refiero a visionarios como  Bakunin, Kropotkin y Malatesta.  Desde entonces, acracia y ciencia han sido considerados conceptos poco menos que incompatibles.

Reivindicar el anarquismo como una aportación valiosa para la Ciencia del Conocimiento y para la Filosofía de la Ciencia  ahí es nada  parece una impertinente osadía; sin embargo, el norteamericano Paul Feyerabend (1924-1994), lo hizo sin complejos a principio de los 70.

Feyerabend no era un aficionado ni un provocador, sino un hombre de sólida formación científica que desarrolló su trabajo en el seno del mundo académico de su país de adopción (había nacido en Viena). Pero era también una persona de mente abierta, en el sentido más lato del término, que se acercó sin prejuicios a otros campos de la actividad humana, en especial a la literatura y al cine (fue asesor de Ridley Scott en Blade Runner, si no estoy errado).

Es uno de los padres, junto a Thomas Kuhn, de la Teoría de la Inconmensurabilidad.  En política, dejó patente su honda admiración por Rosa Luxemburgo.

El libro cuya lectura trato de recomendar es Contra el Método, traducido al castellano sin interrupción desde que viera la luz, en 1974. La última edición es de 2007, en la editorial Tecnos. El autor le colgó el significativo subtítulo de ‘Esquema de una Teoría Anarquista del Conocimiento’.

Su original punto de partida viene a decir que “(…) el anarquismo, que no es quizá la filosofía política más atractiva, puede procurar, sin duda, una base excelente a la epistemología y a la filosofía de la ciencia”.
No se podrá negar que es sorprendente oír esto en boca de un hombre de ciencia anglosajón.

El meollo del libro consiste en la defensa de una actitud más lúdica en el quehacer científico, sin turbarse al constatar que  la historia de la ciencia está plagada de hallazgos afortunados que no se buscaban. Fleming descubrió la penicilina tras un vulgar accidente en la nevera; Colón, según la ciencia geográfica de la época, debería haber llegado a las Indias Orientales cuando se topó con América; lo fundamental de las leyes de la herencia genética lo debemos a la curiosidad de un jardinero; si hoy podemos leer el ibero no es gracias a sesudos filólogos, sino  a la paciencia de aficionados a la numismática; y así, hasta la saciedad.

Según Feyerabend, la creencia en la primacía de la teoría sobre los hechos que     en general, posteriormente la confirman, es una grosera falacia; la historia de la ciencia está repleta de teorías colapsadas por la tozudez de la realidad. En el otro extremo  el empirismo  no han tenido mejor suerte los postulados cimentados en avalanchas de datos. Dicho lapidariamente: “El requisito de admitir solamente aquellas teorías que se sigan de los hechos nos deja sin ninguna teoría”. Sin ir más lejos, las paradojas descubiertas por la física cuántica parecen las travesuras de un diablillo juguetón.

Salvo contadas excepciones  la predicción de la existencia de Plutón y, en parte, la Teoría de la Relatividad  las teorías preconcebidas han fracasado estrepitosamente una y otra vez. La “incuestionable” existencia del Éter, cimentada en la desconcertante propagación de las ondas electromagnéticas (entre ellas, la luz) en el vacío, se demostró radicalmente falsa. Quien tenga curiosidad y tiempo, podrá observar el ingenioso artilugio que Michelson y Morley idearon en 1887 para demostrar la inexistencia del supuesto fluido infinito y eterno (La Explosión de la Relatividad, Martin Gardner. Salvat Editores, Barcelona 1986).

Feyerabend denuncia en su libro la proliferación en todas las épocas de teorías ad hoc (‘a propósito’) que, al ser desenmascaradas, se autocorrigen y reproducen sin rubor. Contra el Método es un alegato contra la escuela de quien fuera y es considerado gurú indiscutido de la Filosofía de la Ciencia del siglo XX: el alemán Karl Popper, a quien Feyerabend bautiza como ‘sacerdote de la ad-hocidad’. “La idea de que la ciencia puede y debe regirse según unas reglas fijas y de que su racionalidad consiste en un acuerdo con tales reglas no es realista y está viciada (…)”.

Contra el Método reivindica una humanización de la ciencia, la asimilación natural de su inexactitud, y procedimientos de investigación que no renieguen de lo lúdico ni de lo imaginativo, vacunando a la llamada comunidad científica del miedo a la realidad. Aunque no se trata de un libro de fácil lectura  —bien lejos de los textos de divulgación al uso—  es una bocanada de aire fresco en el campo de un subgénero literario poco apreciado en general como es el ensayo científico, de un tipo de literatura que puede depararnos ratos placenteros allí donde no pensábamos encontrarlos.

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(*) La definición más certera de socialismo  que he visto hasta la fecha  es la contenida en el librito del sociólogo  francés Émile Durkheim (1858-1917) Le socialisme: “El trabajo, la vivienda, la educación y la sanidad son cosas demasiado importantes para dejarlas en manos de particulares".

¡Hombre!


 
Pálido asceta, qué mal me hiciste.
Ha muchos años que estoy enfermo,
y es por el libro que tú escribiste.
(A. Nervo)


Con cara de pocos amigos, prematuramente envejecido, desaliñado el traje y enmarañados los cabellos, cruza el gélido corredor universitario. Tiene que apartar, con seca brusquedad, a grupos de jovenzuelos que se apretujan ante la clase de G. F. Hegel, donde ya no cabe un alfiler. A él, en cambio, le esperan apenas media docena de fieles discípulos, un crudo día berlinés del mes de marzo de 1830.
Hegel es la estrella académica del momento, su filosofía provoca entusiasmo, tanto entre la juventud radical como –paradójicamente–  en el seno del  gobierno prusiano.  Pero a él no le importa, porque tiene a Hegel por un fatuo y un frívolo, cuyas teorías son inconsistentes como el humo, y cuyo éxito le llena de amargura.

Con el tiempo, la dialéctica hegeliana será desarrollada por un judío de Tréveris llamado Karl Marx, que dará cimientos a un movimiento social formidable a escala planetaria, como jamás conocieron los anales humanos. Tanto Hegel como Marx son filósofos optimistas, pues ambos creen que un paraíso nos aguarda al final de la historia, ya sea en los confines celestiales (el Absoluto) o sobre la tierra (la sociedad sin clases).
Todo lo contrario piensa Arthur Schopenhauer (1788-1860), que emite algo parecido a un gruñido en respuesta al saludo respetuoso de sus contados alumnos, puestos en pie. Para él no hay más mundo que el que pisamos, y éste es el país del espanto.
 
Este mundo no es habitable ni hermoso –les dirá–, sino el peor de los posibles. Y también les dirá que Dios no existe, que, de existir algo ahí arriba, sólo puede tratarse de un ente malvado, que convierte nuestras vidas en infiernos, dilapidadas entre el dolor y el aburrimiento.

Y ello se debe a que la esencia íntima del hombre es una pasión salvaje y ciega, un deseo tiránico e insaciable  que nos obliga a buscar sin cesar nuevas empresas y aspiraciones, sin que jamás nos colmen. Y, por si esto fuera poco, nos acechan las enfermedades, los terremotos, las inundaciones, la guerra y el hambre. La vida y el dolor son la doble cara de una misma moneda.
“Vivir significa experimentar sin fin una serie de desgracias, grandes o pequeñas. El sufrimiento puede ser provocado por la violencia de nuestros semejantes, por la naturaleza física, brutal, que nos rodea, o por la simple maldad que caracteriza a nuestra especie. De manera que la vida es un penal en el que cumplimos condena y del que sólo saldremos en libertad con la muerte.” 
Aquellos jóvenes alemanes escucharán que el ser humano es un infame depredador, cuya necedad lo torna incapaz de obrar con raciocinio, cosa que podría, tal vez,  aportarle algún alivio.

“Contemplando un patio de colegio a la hora del recreo ya se observa la guerra de todos contra todos de Hobbes1; el egoísmo es pueril, pero expresa la condición humana.  Más de uno sería capaz de matar a sus semejantes con el único fin de  usar la grasa de los cadáveres para lustrarse los zapatos.”

Le escuchan en respetuoso silencio, sobrecogidos por el hondo pesimismo de su maestro, del filósofo nacido a orillas del Báltico cuyos huesos acabarán  en una anónima tumba de Fráncfort, donde vivió los últimos 30 años de su existencia en retiro voluntario; de aquel hombre que leía a Baltasar Gracián en español y que, muchos años más tarde, se convertiría en una de las lecturas predilectas de otro enfurruñado español llamado Pío Baroja, su semejante en tantas cosas².

En la lección de hoy tal vez les diga que los animales son nuestros hermanos de sufrimiento, pobres compañeros de viaje en este barco-mazmorra que navega hacia ninguna parte. Que la compasión hacia los animales está tan estrechamente ligada a la bondad, que se puede afirmar con seguridad que quien es cruel con los animales no puede ser una buena persona; que es signo inequívoco de decencia la piedad sin límites hacia todos los seres vivos. Porque el hombre –prosigue– ha hecho de la Tierra un infierno para los animales, a quienes debemos, simplemente, justicia.

Nunca se casó, y vivió con la escueta compañía de una austera ama de llaves y de un perro, al que, cuando hacía alguna travesura o rompía algo, le gritaba este terrible insulto: “¡Hombre!”

“Mientras en los animales el instinto de pertenencia a una especie vence al instinto individualizador, los humanos, en cambio,  se creen neciamente únicos, distintos; cada ego se imagina que encarna algo incomparable, irrepetible, central, alrededor del cual gira todo el universo.”

¿Y cuál debe ser la respuesta ante tal paisaje de devastación? Renegar de la existencia y rechazar la perpetuación del dolor, no procrear3, no actuar. También predicaba la piedad universal y la no violencia: no aumentar el daño hacia uno mismo, no infligir dolor a los demás.

“Con el intelecto nace la capacidad para sentirse diferente, para sorprenderse/extrañarse de la propia existencia. Pero no se trata de una sorpresa agradable; más bien lo que caracteriza lo humano es una estupefacción dolorosa  ante la miseria de la vida. Forma parte de la condición humana saber que hemos de nacer y de morir. Por eso, por la brutal lucidez que nos produce la muerte y su falta de sentido, el humano es un animal enfermo.”

Esto nos coloca a un paso del budismo y a un palmo del existencialismo. Justamente, pues nos propone –como hizo Albert Camus un siglo después– rebelarnos contra el absurdo de la existencia, oponiendo a ese absurdo una actitud ética intachable e insobornable. En oposición al individuo religioso, que si obra bien es para cumplir un mandato, para complacer a un testigo omnipresente, o para recibir  –en la otra vida–  una recompensa, el existencialista aspira a ser moralmente irreprochable porque sí, sin testigos, a cambio de nada, sabiendo que al final sólo le espera la nada, la aniquilación absoluta. Es su grandeza, su manera de protestar, aunque sea una protesta inútil4.

La amarga filosofía práctica del sabio prusiano resplandece en su famoso Dilema del erizo: “Dos erizos, ateridos de frío, se encuentran en medio de una calle. Para no perecer congelados se les ocurre abrazarse para darse calor, pero descubren que así se clavan mutuamente las púas y se producen un dolor insufrible. Se alejan, entre lamentos, uno de otro. Pero entonces comprenden que morirán de frío. Tras unos instantes de reflexión caen en la cuenta de que la solución al dilema es encontrar la distancia precisa para que el dolor sea soportable y el calor suficiente”.
Así entendía Schopenhauer las relaciones humanas.

Puede decirse que Schopenhauer es filósofo de un único libro, elaborado en la temprana juventud  a los 24 años   y de título prosaico: El Mundo como voluntad y representación.
La “voluntad” debe ser entendida como la pasión insaciada e insaciable que hemos citado más arriba; la “representación” ha de tomarse por la incapacidad del hombre para conocer la realidad, más allá de un conocimiento superficial o descriptivo; de manera que nos es y siempre nos será imposible saber el porqué o el para qué del universo existente, en el caso improbable de que exista un porqué y un para qué.
“Todo acaba con la muerte, y toda representación nos deja con el mal sabor de boca de la superficialidad. El mundo expresa, pues, su absurdo ontológico, existe sin causa ni meta, sin qué y sin porqué. La voluntad produce y reproduce el mundo ciegamente,  enferma de tiempo sin futuro, de eterno retorno en el tiempo,  de banalidad de la representación,  característica de la vida humana; (…) enfermos en el hastío que,  en vez de esperar que llegue el futuro, esperamos que llegue el pasado.”
El libro fue, editorialmente, un fracaso, apenas se vendió. A partir de ahí, toda la producción del filósofo son meras ampliaciones del original. Las quinientas páginas de la primera edición, corregida y ampliada veinticinco años más tarde,  se convirtieron en más de mil en la segunda, que constituyó otro fiasco comercial.  Una década después sacó a la luz una colección de ensayos y aforismos,  Parerga y paralipómena5, que provocó el entusiasmo general y se agotó en pocas semanas.  Los Parerga  lo convirtieron, a su pesar, en un hombre célebre, y son considerados comúnmente como la segunda parte de su tratado capital.

La monumentalidad de la obra de Schopenhauer ha sido un elemento disuasorio para su popularización,  si bien  podemos leerlo con la seguridad de entenderlo, porque, como Freud o Marx, era un gran prosista; al revés que otros grandes filósofos, como Hegel, Kierkegaard, Kant, Spinoza o Bergson, cuya “dificultad” no se debe a lo prolijo o a lo complejo de sus doctrinas, sino a que, simplemente, no sabían escribir6.  A efectos prácticos –y también comerciales–  a Schopenhauer se lo vende a trozos: la oferta editorial está llena de libritos que no son en puridad obras del filósofo, sino compendios de retales espigados aquí y allá de la colosal obra del pensador alemán.

Leyendo a este hombre nos parece estar oyendo lo que no queremos oír, aunque sepamos, allá en lo profundo, que es la verdad, la terrible verdad que enmascaramos con infantiles creencias y patéticas esperanzas.

Hace más de treinta años, alguien me confesó que, siendo adolescente, intentó suicidarse tras leer La peste, de Camus. Al recomendar desde aquí la lectura de Schopenhauer declino, desde luego, toda responsabilidad en los destrozos.


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(¹) Filósofo inglés que afirmó que ‘el hombre es un lobo para el hombre’ (homo homini lupus).

(²) Dicen que el novelista vasco, durante uno de sus paseos por El Retiro, fue abordado por un admirador. “¿Es usted don Pío Baroja?”.  El escritor, siguiendo calmosamente su camino y sin volver la cabeza, contestó: “No”.

(3) Así, Baroja llegó a decir que tener hijos es un crimen contra la humanidad. En la actualidad, existe una corriente de pensamiento (Voluntary Human Extinction Movement), dentro de la llamada ecología profunda, que defiende la no procreación, hasta la total extinción de los humanos,  como el mejor favor que se le puede hacer al planeta. Tiene página web, en inglés: www.vhemt.org.

(4) Camus, que era ateo y políticamente escéptico, se jugó la vida en la Resistencia y más tarde condenó, contra la opinión de toda Francia y convirtiéndose en un apestado, la guerra de Argelia. Cuando le preguntaron el motivo, repuso: “Por decencia”.

(5) Helenismos que significan Borradores y apéndices

(6) El caso de Bergson es especialmente aberrante, ya que se incurrió en el disparate de galardonarlo con el Nobel de literatura.

Murió por mí



              Así como no todo Picasso es cubismo, antes del Ulises  —la mejor novela en lengua inglesa del siglo XX, según la mayoría de la crítica—  y antes de la francamente ilegible Finnegan’s wake, hay un James Joyce ‘asequible’, autor de relatos de juventud de corte naturalista. Me refiero a la colección de cuentos que, bajo el título de Dubliners (Gentes de Dublín), salió a la luz en 1914.  Son trece historias cargadas de simbolismo, no siempre perceptible a primera lectura, trece anécdotas o estampas  protagonizadas por dublineses de todas las etapas de la vida, desde la infancia hasta la madurez.
            Dos de estos cuentos, el titulado Correspondencias y el que cierra el libro bajo el nombre de  Los muertos, tienen en común un desarrollo aparentemente trivial coronado por un desenlace de gran  intensidad dramática, de esos que provocan la turbación en el lector. En ambos se cuenta un día en la vida de un personaje anónimo.

            Correspondencias es la historia de un viudo en paro, padre de un niño de corta edad, con el que vive en los arrabales de la miseria obrera de principios de siglo. El hombre pasa el día recorriendo tabernas, embriagándose, discutiendo y disputando por banalidades, dilapidando las pocas monedas que tiene. Al anochecer, ya completamente borracho, regresa a casa, donde, como casi siempre, no habrá nada para cenar. El chico, que, como casi siempre, lo ha estado esperando inútilmente toda la jornada, es objeto y víctima de las frustraciones de su padre que, como casi siempre que regresa borracho a casa, le obsequia con una paliza.

—¡Oh, papá gritó— no me pegues! Y yo rezaré por ti un Ave María… yo rezaré un Ave María, papá, si no me pegas… yo rezaré por ti un Ave María…

               Fin. De un plumazo, en dos líneas, Joyce plasma como nadie la ancestral e irracional catolicidad de Irlanda.

                Los muertos, con diferencia, es el relato más largo del libro. En 1987 John Huston se sirvió de la historia para realizar su postrera película. Los muertos es el testamento de Huston como cineasta, y realmente se estaba muriendo cuando rodó el film.

            La historia es bien sencilla. Gabriel Conroy, periodista literario, y su joven esposa Gretta pasan la velada de nochevieja en Dublín, con sus viejas tías y otras amistades. Charlan y discuten con superficialidad, comentan trivialidades, bailan, ríen, se aburren y divierten amablemente unos a otros. Gretta habla poco; su marido casi lo prefiere así, porque es una chica de origen rural, de escasa cultura, procedente de la región de Galway, del oeste irlandés de habla gaélica, que se expresa mal en inglés. Se puede afirmar que se avergüenza un poco de ella. Al final de la fiesta, un hombre canta la balada La muchacha de Anghim, y Gabriel percibe en su mujer una taciturnidad mayor de lo normal.
De regreso a casa, en la alcoba, le pregunta por qué la ha entristecido la canción. Gretta le responde que le ha recordado a un muchacho, ya muerto, en su aldea natal. Tras la ventana la nieve cae cansinamente.
            Ya dentro de la cama, el marido insiste, por hablar de algo. ‘¿De qué murió?’.  Bajando la vista, la muchacha susurra: ‘Murió por mí’.

            Es como una conmoción, como un vuelco en la mente del marido, que calla pero que ya no podrá dormir el resto de la noche. Trabajosamente, empieza a darse cuenta de qué poco conoce realmente a su mujer, de que apenas sabe qué ocurre dentro de aquella cabecita campesina. ‘Murió por mí’. Esas tres palabras le dejarán insomne. Se levanta en la penumbra, observa a Gretta, que ya duerme y, por primera vez en toda su vida en común, comprende su inferioridad ante ella, comprende su vacío, su insustancialidad vital frente a la muda profundidad de seres auténticos, que en remotas comarcas aún saben morir de amor.
            Gabriel se acerca a la ventana y observa el suave descenso de la nieve sobre los tejados  de Dublín… y la imagina cayendo con la misma parsimonia allá lejos, en un pueblecito de Galway, sobre la tumba del muerto, que está cien veces más vivo que él.

"(…) Caía también sobre todos los rincones del solitario cementerio, sobre las colinas en donde yacía sepulto. Se amontonaba sobre las cruces retorcidas y las piedras funerarias, sobre los hierros de la pequeña reja, sobre las malezas muertas. Su alma se henchía poco a poco, a medida que oía la nieve extenderse suavemente sobre todo el universo, como si fuera el advenimiento de la última hora para todos, los vivos y los muertos."