Párizsban járt az Ősz (Endre Ady)

miércoles, 1 de enero de 2014

El diabólico Barbey


            No suele figurar en los manuales de literatura francesa, y si lo hace es en letra pequeña; sin embargo su talla nada desmerece frente a la de un Balzac o un Flaubert. No escribió mucho, y tal vez su legado hubiera sido más rotundo si solo hubiera escrito el libro que lo ha colocado entre los grandes: Les diaboliques, publicado con gran escándalo en 1874. El escándalo fue tal que al autor le costó ser procesado.
            En un momento de la obra, asistimos a una cena de viejos republicanos, volterianos impenitentes, oficiales napoleónicos depurados por Luis XVIII, y un cura descreído que ha renegado de sus hábitos.

Tal vez ustedes ignoren, mis queridísimos amigos, que, en una ocasión, eché un paquete de hostias a los cerdos.
¿Debemos entender, mi querido abate, que fue esa la última vez que administró la Santísima Comunión?
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 —Pues yo recuerdo dijo con fatuidad el capitán Sélune el día en que, cerca de Ávila, ochenta religiosas, después de haber sido violadas por dos escuadrones, fueron arrojadas medio muertas a un pozo.
Lo cierto es, mis queridos amigos prosiguió Mesnil,   que todos nosotros hemos visto las cosas más atroces en la guerra de España..., incluso (¿por qué no decirlo?) las hemos hecho. Pero en lo que a mí se refiere, no creo haber visto nada más abominable que lo que voy a contaros...

            Si consideramos que el escritor era un católico integrista, descendiente de la nobleza que, cien años antes, había sido barrida por la Revolución, y monárquico legitimista rabioso, es decir, alguien a quien hoy en día no dudaríamos en encuadrar en la extrema derecha, y que era del todo imposible que desconociera dónde nació Teresa de Jesús, el contraste no deja de ser chocante.  Publicar diálogos como estos, con esa frescura y simpatía, en 1874, debía levantar más de una ampolla. Si el argumento de otro de sus relatos resulta ser la perversión sexual de... una niña de 10 años, cuarenta años antes de Freud y  en la mojigata sociedad francesa que sucedió al Segundo Imperio, el autor merece, como mínimo,  nuestra curiosidad.

            Jules-Amédée Barbey d'Aurevilly, nació en 1802  en Saint-Sauveur-le-Vicomte (Normandía) en el seno, como su aristocrático nombre sugiere, de una familia monárquica. En 1846 fundó la revista La Societé Catholique, donde publica sus primeros relatos. Jamás le faltó el dinero, que dilapidó generosamente en sus correrías de dandy y bon vivant. Se relacionó y colaboró con gente como Baudelaire, Flaubert, Zola o Maupassant, con quienes acabó rompiendo. Nunca ocultó su catolicismo y legitimismo militantes.  Durante sus últimos años, cayó en la manía de quemar los libros una vez leídos; a su muerte, ocurrida en 1889, la rica biblioteca de su mansión había quedado reducida a un solo volumen, El vicio supremo, de su amigo Péladan.

             Olvidado por los intelectuales de izquierdas por su ideología, e ignorado por los de derechas por su obra, Barbey tuvo que esperar a ser redescubierto y justamente valorado después de la Segunda Guerra Mundial.  Por lo hasta ahora dicho, podría caerse en el error de emparentarlo con los escritos pornográficos  y de dudoso valor literario  del marqués de Sade. Nada más lejos en realidad.  La prosa de Barbey d'Aurevilly, que elaboraba y reelaboraba con extremo cuidado sus textos, tiene un altísimo nivel literario. Con pocos diálogos, sus escritos tienen la facultad de crear un ambiente, un tempo, una recreación de situaciones pocas veces igualados.  Consciente de pertenecer a un estrato social condenado por la historia, pinta un mundo que muere levantando la cabeza con dignidad.  Es exacto calificarlo de escritor decadente, y exacto es tenerlo por hermano espiritual del  siciliano Lampedusa y del mallorquín Villalonga, tan geniales y tan conservadores como Barbey, pero sin las inclinaciones de este hacia lo morboso y lo macabro. 

            Las diabólicas es un conjunto de seis relatos protagonizados por mujeres. A medio camino entre la literatura de terror y la crónica de época, esconde, tras este título que me parece desafortunado, una obsesiva e infinita fascinación por la mujer. En este sentido, la novela nos sorprende por su modernidad.  Las diabólicas es una novela insólita de la postrimerías del siglo XIX, donde Barbey vuelca y condensa su universo abarrocado y desgarrado, sus obsesiones y fantasmas, su mundo contradictorio. Y todo ello embalado en una prosa serena como las estatuas de los patricios romanos. ¿Se puede pedir más?

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