No
suele figurar en los manuales de literatura francesa, y si lo hace es en letra
pequeña; sin embargo su talla nada desmerece frente a la de un Balzac o un
Flaubert. No escribió mucho, y tal vez su legado hubiera sido más rotundo si solo
hubiera escrito el libro que lo ha colocado entre los grandes: Les diaboliques, publicado con gran
escándalo en 1874. El escándalo fue tal que al autor le costó ser procesado.
En
un momento de la obra, asistimos a una cena de viejos republicanos, volterianos
impenitentes, oficiales napoleónicos depurados por Luis XVIII, y un cura
descreído que ha renegado de sus hábitos.
—Tal vez ustedes ignoren, mis queridísimos
amigos, que, en una ocasión, eché un paquete de hostias a los cerdos.
—¿Debemos entender, mi querido abate, que fue esa
la última vez que administró la Santísima Comunión?
... ...
... ... ...
... ... ...
... ... ...
...
—Pues yo recuerdo —dijo con fatuidad el capitán Sélune— el día en que, cerca de Ávila, ochenta religiosas, después
de haber sido violadas por dos escuadrones, fueron arrojadas medio muertas a un
pozo.
—Lo cierto es, mis queridos amigos —prosiguió Mesnil—, que todos nosotros hemos visto las cosas más
atroces en la guerra de España..., incluso (¿por qué no decirlo?) las hemos
hecho. Pero en lo que a mí se refiere, no creo haber visto nada más abominable
que lo que voy a contaros...
Jules-Amédée Barbey d'Aurevilly, nació en 1802 en
Saint-Sauveur-le-Vicomte (Normandía) en el seno, como su aristocrático nombre
sugiere, de una familia monárquica. En 1846 fundó la revista La Societé Catholique, donde publica
sus primeros relatos. Jamás le faltó el dinero, que dilapidó generosamente en
sus correrías de dandy y bon vivant. Se relacionó y colaboró con
gente como Baudelaire, Flaubert, Zola o Maupassant, con quienes acabó
rompiendo. Nunca ocultó su catolicismo y legitimismo militantes. Durante sus últimos años, cayó en la manía de
quemar los libros una vez leídos; a su muerte, ocurrida en 1889, la rica
biblioteca de su mansión había quedado reducida a un solo volumen, El vicio supremo, de su amigo Péladan.
Las diabólicas es un conjunto de seis relatos protagonizados por mujeres. A medio camino entre la literatura de terror y la crónica de época, esconde, tras este título que me parece desafortunado, una obsesiva e infinita fascinación por la mujer. En este sentido, la novela nos sorprende por su modernidad. Las diabólicas es una novela insólita de la postrimerías del siglo XIX, donde Barbey vuelca y condensa su universo abarrocado y desgarrado, sus obsesiones y fantasmas, su mundo contradictorio. Y todo ello embalado en una prosa serena como las estatuas de los patricios romanos. ¿Se puede pedir más?
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