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miércoles, 1 de enero de 2014

Poeta, comunista y suicida



En la historia de la literatura no es fácil encontrar a quien, cabalmente, podamos calificar de “poeta proletario”.  Seguro que nos vendrá a la mente Miguel Hernández;  pero ello no será exacto:   el oriolano nació en el seno de una familia de labradores acomodados.     Por más que el compromiso posterior de Hernández con los más humildes no soporte discusión (compromiso que, tal vez, le costara la vida),  lo del niño-pastor no deja de ser una inocente exageración.  Habrá quien invoque a François Villon; pero este no era un proletario, era un desarrapado en el sentido más estricto del término.  Más pertinente es el caso del catalán Joan Salvat‑Papasseit, a quien su hermetismo y su servidumbre hacia las vanguardias literarias, unidos al hecho de escribir en un idioma “periférico”, han negado conocimiento y reconocimiento generales, más allá de quienes compartimos –y leemos–  la misma lengua.

Pero hoy queremos hablar de alguien mucho más "exótico", mucho más desconocido. Se trata de un húngaro que vivió en la primera mitad del atormentado  –y añorado–  siglo XX. Se llamaba Attila József y los trazos de su breve biografía son desgarradores.

Nació en los arrabales de Budapest, en 1905, hijo de un brutal padre alcohólico y una lavandera.  Es curioso constatar que Stalin tuvo progenitores de idéntica índole; pero mientras que el padre de este acabó reventando de una borrachera en un callejón, el de József prefirió,  cuando Attila tenía tres años,   abandonar a su familia, huyendo a Transilvania (amplia región de habla húngara enclavada en Rumanía, cuya capital es Timişoara, en húngaro Temesvár). Su madre tenía que lavar y hacer de criada para ganarse el pan,  pero la miseria de la familia era tal que la Asistencia Pública tuvo que hacerse cargo del pequeño Attila, siendo dado en acogida en una aldea campesina.  Hasta cumplir 7 años se pagó el sustento cuidando cerdos.

Nemzett József Áron,
szappanfőző, aki már
a Nagy Óceánon
szagos füveket kaszál.
Megszült Pőcze Borcsa,
kit megettek a fenék,
gyomrát, hasát sorba,
százláb súroló kefék.

Aarón József me engendró,/ jabonero que en el mar/ un día se fue a segar/ hierbabuena y no volvió./ Bárbara Pőcze me parió,/ pero un terrible ciempiés,/el cáncer, vino después/y el vientre le devoró.

El estallido de la I Guerra Mundial, la Revolución Húngara de 1919 (encabezada por Béla Kun, fusilado por Stalin en 1939, ‘rehabilitado’ en 1958; György Lukács y Béla Bartók formaron parte de aquella breve administración revolucionaria) y su posterior aplastamiento por la intervención extranjera fueron los escenarios de su infancia.

"Contaba nueve años de edad cuando estalló la guerra mundial. Nuestra suerte empeoraba sin cesar. Tenía que hacer cola frente a las tiendas. A veces yo tomaba mi turno en la tienda de víveres a las nueve de la noche, y a las siete y media de la mañana, cuando llegaba mi número, se reían en mis narices diciéndome que ya no había aceite. (...) Ayudaba a mi madre como podía. Vendía agua en el cine Világ. Para calentarnos robaba carbón y madera en la estación de Ferencváros. (...)."   (Curriculum Vitæ, 192...)

Muerta también su madre, (hay dos poemas dedicados a ella que no pueden ser leídos sin que un nudo te oprima la garganta) ingresó en la escuela pública. Sus brillantes resultados escolares le hicieron merecedor de una beca, que le permitiría cursar Magisterio.  No pudo graduarse porque, un miembro del tribunal, agitando un periódico, gritó algo así como "¡No podemos encomendar la educación de nuestros hijos a alguien que escribe un poema así!".  El poema, uno de los mejores de József, se titulaba Tiszta szívvel (Con el corazón inocente).

Nincsen apám, se anyám,
se istenem, se hazám,
se bölcsőm, se szemfedőm,
se csókom, se szeretőm.
Harmadnapja nem eszek,
se sokat, se keveset.
Húsz esztendőm hatalom,
húsz esztendőm eladom.
Elfognak és felkötnek,
áldott földdel elfödnek
s halált hozó fű terem
gyönyörűszép szívemen.

No tengo padre ni madre, /no tengo ni Patria ni Dios, /ni cuna ni sudario, /ni un beso,  ni un amor. /Ni mucho ni poco, /llevo tres días sin comer. /El poder de mis veinte años /se lo vendo al mejor postor. /Robaré, inocente el corazón, /y, si es preciso, mataré. /Seré atrapado y luego ahorcado; /la santa tierra me acogerá,  /y a mi corazón inocente/ hierba fatal le crecerá.

Eran los años del terror blanco, de la Hungría reaccionaria y clerical regida por el almirante Horthy (un almirante en un país sin mar: fue el último  jefe de la flota austrohúngara, que sí tenía una pequeña franja costera en el Adriático). Volando hacia Budapest, un húngaro afincado en la Costa Brava, dedicado al lucrativo negocio de las antigüedades y que huyó de su país tras la revuelta de 1956, me decía con orgullo que Horthy era el Vezér.   Vezér, como pude averiguar más tarde,  es la palabra húngara equivalente a Führer, Duce o Caudillo. Curiosamente, también sirve para designar a la dama del ajedrez (‘visir’ o primer ministro).

En estas duras condiciones, Attila József logró un empleo como traductor de francés en el Ministerio de Comercio, sin que la penuria y las privaciones le abandonaran nunca. Más como actitud ética que por convencimiento ideológico, se afilió al clandestino Partido Comunista (en una época en que esa militancia suponía de ordinario la muerte).

Munkások (Obreros), 1932

Elvtárs és spicli jár a csöndben erre,
részeg botlik, legény bordélyba lóg,
mert hasal az éj s pörsenéses melle,
mint szennyes ingb
ől, füst alól kilóg.
Igy élünk mi. Horkolva alszunk s törten,
egymás hátán, mint odvas farakás
s hazánk határát penész jelzi körben
a málló falon; nedves a lakás.

Camaradas y soplones cruzan el silencio, /un borracho tropieza, un joven se cuela en el burdel. /El cielo nocturno, de bruces, con su camisa sucia, /descubre su pecho lleno de ronchas, bajo el humo. /Así vivimos. Dormimos, roncamos, destrozados, espalda contra espalda como un montón de leños carcomidos, /y a nuestro alrededor, en la pared ruinosa del húmedo  /y frío antro, el moho marca nuestras fronteras nacionales.

En 1937, acabó con su vida arrojándose al tren. Tenía 32 años.

Mucho después, en los años cincuenta, un escritor rumano descubrió a un anciano que resultó ser el padre de Attila. El viejo murió a los pocos meses, sin haber leído un solo verso de su hijo, de quien ni siquiera había oído hablar. Para entonces, Attila József era considerado por la crítica como uno de los mejores poetas húngaros de todos los tiempos. En la Hungría de hoy, decenas de calles, bibliotecas  e institutos llevan su nombre.

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