Difícilmente contará, como Ramon Llull,
con una estatua en el paseo marítimo de Palma, flanqueada por inscripciones en
latín, árabe y catalán. Y eso que Anselm
Turmeda (Ciudad de Mallorca, 1352-Túnez, 1432) también dominó y escribió en
esas tres lenguas; como también es cierto —dudoso en el caso de Llull— que ambos encontraron la muerte en tierra de
infieles y en olor de santidad. La
santidad de Turmeda, entendida en su versión mahometana.
Ha
sido pródiga Mallorca en personajes complejos y contradictorios. El propio
Llull; el falangista —en su juventud— Llorenç Villalonga, cima insuperada hasta hoy
de la novela en lengua catalana, que regentó durante larguísimos años un
hospital siquiátrico de recuerdo siniestro para los disidentes de la dictadura franquista
(los rusos no fueron los padres del invento), y de quien las malas lenguas
dicen que escribía en catalán porque nadie quiso publicar sus versiones
originales en castellano (una exageración, sin duda*); y el descubridor oficial de América, de cuyo origen mallorquín quedé tercamente convencido tras
conocer la categórica argumentación de Guy de Forestier (Queridos mallorquines, Olañeta Editores, Palma de Mallorca, 1995):
“¿De dónde creen ustedes que pueden proceder dos hermanos que se llamen Tòfol y Tomeu Colom?”. Los más
osados ubican en Felanitx la cuna del almirante.
La literatura medieval suele resultarnos distante y, muchas
veces, incomprensible porque eludimos lo
que los teóricos han convenido en llamar contextualización.
Digamos claramente que durante la Edad
Media las batallas de la ciencia, de la filosofía, del derecho, de la izquierda
y la derecha políticas, en definitiva, eran cuestiones a resolver entre
teólogos. Se era intelectual cristiano o no se era. “Los filósofos de la Edad Media
casi daban por descontado que el cristianismo era verdad” (El mundo de Sofía, Jostein Gaarder, 1994). Quien mejor ha
popularizado ese gigantesco fresco de vida intelectual ha sido Umberto Eco
en El
nombre de la rosa. Lo que ya es más arduo es encontrar cinismo escéptico
entre aquella prole de robustos pensadores, devorados por las ansias de saber y
por la fiebre de la fe. Anselm Turmeda
es una de las excepciones.
(…) Diners
magres fan tornar gords/ e tornen lledesmes los bords./ Si diràs ‘jas’ a hòmens
sords,/ tantost se giren./ Diners tornen los malalts sans;/ moros, jueus e
chrestians,/ lleixant a Déu e tots los sants,/ diners adoren . (…)
[A los flacos el dinero vuelve gordos/ y
convierte en legítimos a los bastardos./ Dices ‘coge’ a los sordos,/ y al momento se vuelven./ El
dinero vuelve sanos a los enfermos;/ moros, judíos y cristianos,/ abandonando a
Dios y a todos los santos,/ al dinero adoran.]
Raimon le puso música a estos versos,
claros antecedentes de los de Quevedo, Poderoso
caballero…, enésima entrega de una
larga —y escasamente original— secuela que, desde Ovidio Nasón, pasa por el
Arcipreste de Hita, que murió un año antes de que Alá, el Misericordioso, pusiera a Anselm en este mundo inmisericorde.
Turmeda inició su formación intelectual
en su ciudad natal, para continuarla en Lérida, Bolonia y París, habiendo
ingresado ya en la Orden Franciscana. Sabio
de gran prestigio, apreciado por reyes y papas, en 1385 ‘desertó’ al norte de
África, donde se convirtió al islam.
Su status
social no parece que sufriera cambio alguno en esta segunda etapa de su vida.
Es en Túnez donde produce la mayor parte de su obra literaria, usando con
fidelidad la lengua catalana y polemizando contra el cristianismo con el mismo
ardor con que antes lo hiciera contra el moro infiel. No tardó en convertirse
en una autoridad política y religiosa en su nuevo país de adopción, gozando de
la protección de los sultanes reinantes.
(…) Diners fan
vui al món lo joc/ e fan honor a molt badoc;/ a qui diu ‘no’ fan-li dir ‘hoc’./
Vejats miracle! (…).
[El dinero hace hoy el juego al mundo/ y
hace honor a mucho alelado;/ a quien dice ‘no’ le hace decir ‘sí’./ ¡Habráse
visto mayor milagro!]
Curiosa filosofía para quien había sido
nombrado para el cargo de… director de aduanas (!) y rebautizado con el nombre
de Abdallah b Abdallah al-Taryman al-Mayurqi
al-Muhtadi.
No por ello decayó su prestigio a este
lado del Mediterráneo, porque hay constancia de que el monarca aragonés Martín
el Humano y el papa Benedicto XIII hicieron gestiones para su regreso y
reconciliación con occidente. Sin éxito, ciertamente.
La temática de sus obras, por otra parte,
siguió centrada en los acontecimientos de Europa, con la que —de ello no cabe duda— siguió en estrecho y atento contacto: El
llibre dels bons amonestaments (El libro de los buenos consejos), Cobles de la divisió de Mallorques
(Coplas sobre la división de las Mallorcas), La disputa de l’ase (La controversia del burro). El pragmatismo
burlón es elemento común de todas ellas.
Un tratado apologético suyo, escrito en
árabe, sigue siendo hoy día libro de texto en las escuelas coránicas; y aún hoy
su tumba, situada en Túnez, es objeto de veneración para los fieles musulmanes.
¿Alguien conoce un chiste mallorquín mejor?
___________
(*) Para hacerse una cabal
idea de la matanza perpetrada en Ses
Illes por camisas azules y camisas negras, vale la pena leerse el
escalofriante reportaje Los grandes cementerios bajo la luna,
del católico Georges Bernanos,
testigo presencial. Que yo sepa, omitiendo
el caso paradigmático del País Vasco,
Baleares ha sido la única tierra a la que, tras julio del 36, le cupo el
baldón de ver sacerdotes fusilados por los “nacionales”. El genial
—justo es reconocerlo— creador de
Mort de dama y de Bearn jamás pidió perdón por este oscuro
capítulo de su vida, cómodamente aposentado en la altiva, y tal vez
desasosegada, desmemoria.
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