Lamento no recordar dónde oí o leí la lapidaria sentencia ―juro que no es
mía― según la cual quien no tiene nada que decir y, pese a todo, se considera en la
obligación de decir algo, acaba por decir tonterías.
En este
espacio se suele aconsejar qué leer.
Hoy, al contrario, intentaremos disuadir al lector de probar ―ni siquiera oler― ciertos brebajes que pasan
por literatura. Quiero decir que son libros que podemos comprar, con los que
las editoriales ganan dinero precisamente por eso, porque hay gente que los
compra. Si después se leen, ya es harina de otro costal. Se me hace muy cuesta
arriba que obras como la que hoy nos ocupa cuente con lectores, más allá de los
obligados profesionalmente; y aun así...
Yo arrastro
desde la adolescencia la torturante manía de leer los libros que compro del
vilo hasta el pabilo: la mía fue una juventud de estrecheces extremas, y dejar
un libro a medias me produce la misma desazón que tirar un bocadillo de
embutido causaría a un muerto de hambre.
Solo así
resulta comprensible que me haya tragado las 1.100 páginas de dos ladrillos de
la peor literatura-basura; porque lisa y llana heroicidad es leerse El arco iris de gravedad, del inefable Thomas Pynchon.
Hay un
antecedente —mucho más honrado— de este tipo de escritura. Tal vez alguien
haya oído hablar de la literatura fractal.
Su creador fue, a principios del siglo pasado, Stephen Keeler, que tiene dos
modestas joyas que aconsejo a quien solo pretenda pasar el rato: Las gafas del señor Cagliostro y Hallad el
reloj. El sistema de Keeler consiste en empezar cada novela con tres
o cuatro situaciones descabelladas e inconexas y, a partir de ahí, esforzarse
por hacerlas casar, creando una trama lógica y coherente. Un auténtico tour de force del que suele salir
razonablemente airoso.
El sistema de
Pynchon es más barroco: centenares de ocurrencias que vuelve y revuelve en la
olla sin conseguir armazón argumental alguno. Esta sencilla y cómoda técnica da
para mucho, para tanto como se quiera; por eso las obras de este sujeto no
bajan de las mil páginas. Habrá quien
dirá que esto es una estafa al lector. Lo es. Y lo es más si cabe porque la
sarta de ocurrencias son de una frivolidad sonrojante.
En palabras de
un crítico, quien, si no la totalidad, debió engullir buena parte del libro; de
otra manera, no se explica su exasperación: "Palabrería desmadejada y alucinada, acoplamientos inverosímiles de
sustantivos y adjetivos; marasmo de conceptos sin sentido, ni siquiera apelando
a lo onírico, a lo lisérgico, ni a ambas cosas a la vez".
Al vuelo de
este último juicio, una benevolente interpretación es la de que el hombre
escribe bajo el efecto de las drogas. Bien, creo que no
es tarea laboriosa identificar los pasajes que, por su extremo delirio, solo
pueden ser hijos de un padre intoxicado.
Para
introducir este matute, buen conocedor del percal, añade dos ingredientes de
resultado probado en el mercado esnob: frecuentes escenas "fuertes"
de erotismo y violencia, y guiños de persona
con una cierta cultura. A poco que
rasques un poco, esta cultura resulta una vulgar mistificación, propia del que
habla de oídas. Con solo mencionar que sitúa
a los brigadistas internacionales en el maquis español, nos ahorramos más
amonestaciones.
Ya se sabe que
el esnob no es persona sacrificada, por lo que dudo que esta tribu tuviera la
bizarría de pasar de la página cincuenta de ninguno de sus tostones. Precisamente
por ello, por no pasar de las primeras hojas, se les ocurrió apadrinar El arco
iris de gravedad para el Pulitzer. Al rechazarlo, el jurado se permitió una
serie de aseveraciones, la más piadosa de las cuales fue la de ilegible. Ya sería mucho pedir que
supiera forjar personajes creíbles, con una mínima introspección. Eso no está
al alcance de Thomas Pynchon, aun tomándose el tiempo que dan de sí miles de
planas.
Pero si no puedes ser querido, sé temido —casi dijo Maquiavelo —; y si no sabes escribir, el camino más seguro para el éxito es
convertirte en un "maldito". Nada mejor para ello que vivir encerrado
en un apartamento de Manhattan, no conceder entrevistas y crear en torno de sí
un halo de misterio y excentricidad. Dirán de ti que eres un segundo Salinger,
un Rimbaud; y legiones de iletrados cool
referirán maravillas aunque ninguno de ellos tengan las agallas de zamparse al
completo ninguna de tus obras, que eso, como decíamos al principio, es harina
de otro costal.
Sí, el malditismo es el refugio más seguro de
los estafadores del arte, como Pasolini, Artaud, Cocteau, Gómez de la Serna,
Robert Musil, Gide, De Sade, Juan Benet, Arrabal, y tantos otros y otras que
nada tenían que decir, pero tuvimos la mala suerte de toparnos con su
irreprimible verborrea*.
El crítico
literario de Time, John Lacayo,
comparó el grosor de una de sus obras (1.085 páginas) con las medidas de su
tostadora. Introdujo una sutil diferencia: "al menos, mi tostadora es útil
para hacer tostadas". Pues eso.
___________________
(*) Se da el caso curiosísimo de Joris-Karl Huysmans, escindido
entre una obra genial (Là-bas, 1891)
y una frivolidad desmadejada (À rebours,
1884).
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