Párizsban járt az Ősz (Endre Ady)

miércoles, 1 de enero de 2014

Mejor una tostadora




            Lamento no recordar dónde oí o leí  la lapidaria sentencia  juro que no es mía según la cual quien no tiene nada que decir y, pese a todo, se considera en la obligación de decir algo, acaba por decir tonterías.
            En este espacio se suele aconsejar qué leer. Hoy, al contrario, intentaremos disuadir al lector de probar  ―ni siquiera oler― ciertos brebajes que pasan por literatura. Quiero decir que son libros que podemos comprar, con los que las editoriales ganan dinero precisamente por eso, porque hay gente que los compra. Si después se leen, ya es harina de otro costal. Se me hace muy cuesta arriba que obras como la que hoy nos ocupa cuente con lectores, más allá de los obligados profesionalmente; y aun así...
            Yo arrastro desde la adolescencia la torturante manía de leer los libros que compro del vilo hasta el pabilo: la mía fue una juventud de estrecheces extremas, y dejar un libro a medias me produce la misma desazón que tirar un bocadillo de embutido causaría a un muerto de hambre.
            Solo así resulta comprensible que me haya tragado las 1.100 páginas de dos ladrillos de la peor literatura-basura; porque lisa y llana heroicidad es leerse El arco iris de gravedad, del inefable Thomas Pynchon.

            No negaré que este hombre tiene su técnica, y que se ajusta a ella con fidelidad casi militar; es muy sencilla: una ocurrencia pegada a la otra, hasta la saciedad, hasta el vómito. Es este un recurso muy manido en la poesía contemporánea; en prosa, resulta más insufrible. Seré brutalmente sincero: tras las cinco primeras páginas ya sientes un irrefrenable deseo de obsequiarle con dos bofetadas. Para que esto no parezca un tosco juicio de valor, daré argumentos.

            Hay un antecedente  —mucho más honrado—  de este tipo de escritura. Tal vez alguien haya oído hablar de la literatura fractal. Su creador fue, a principios del siglo pasado, Stephen Keeler, que tiene dos modestas joyas que aconsejo a quien solo pretenda pasar el rato: Las gafas del señor Cagliostro y Hallad el  reloj. El sistema de Keeler consiste en empezar cada novela con tres o cuatro situaciones descabelladas e inconexas y, a partir de ahí, esforzarse por hacerlas casar, creando una trama lógica y coherente. Un auténtico tour de force del que suele salir razonablemente airoso.
            El sistema de Pynchon es más barroco: centenares de ocurrencias que vuelve y revuelve en la olla sin conseguir armazón argumental alguno. Esta sencilla y cómoda técnica da para mucho, para tanto como se quiera; por eso las obras de este sujeto no bajan de las mil páginas.  Habrá quien dirá que esto es una estafa al lector. Lo es. Y lo es más si cabe porque la sarta de ocurrencias son de una frivolidad sonrojante.
            En palabras de un crítico, quien, si no la totalidad, debió engullir buena parte del libro; de otra manera, no se explica su exasperación: "Palabrería desmadejada y alucinada, acoplamientos inverosímiles de sustantivos y adjetivos; marasmo de conceptos sin sentido, ni siquiera apelando a lo onírico, a lo lisérgico, ni a ambas cosas a la vez".

            Al vuelo de este último juicio, una benevolente interpretación es la de que el hombre escribe bajo el efecto de las drogas. Bien, creo que no es tarea laboriosa identificar los pasajes que, por su extremo delirio, solo pueden ser hijos de un padre intoxicado.

            Para introducir este matute, buen conocedor del percal, añade dos ingredientes de resultado probado en el mercado esnob: frecuentes escenas "fuertes" de erotismo y violencia, y guiños de persona con una cierta cultura.  A poco que rasques un poco, esta cultura resulta una vulgar mistificación, propia del que habla de oídas.  Con solo mencionar que sitúa a los brigadistas internacionales en el maquis español, nos ahorramos más amonestaciones.

            Ya se sabe que el esnob no es persona sacrificada, por lo que dudo que esta tribu tuviera la bizarría de pasar de la página cincuenta de ninguno de sus tostones. Precisamente por ello, por no pasar de las primeras hojas, se les ocurrió apadrinar  El arco iris de gravedad para el Pulitzer. Al rechazarlo, el jurado se permitió una serie de aseveraciones, la más piadosa de las cuales fue la de ilegible. Ya sería mucho pedir que supiera forjar personajes creíbles, con una mínima introspección. Eso no está al alcance de Thomas Pynchon, aun tomándose el tiempo que dan de sí miles de planas.
            Pero si no puedes ser querido, sé temido  casi dijo Maquiavelo; y si no sabes escribir, el camino más seguro para el éxito es convertirte en un "maldito". Nada mejor para ello que vivir encerrado en un apartamento de Manhattan, no conceder entrevistas y crear en torno de sí un halo de misterio y excentricidad. Dirán de ti que eres un segundo Salinger, un Rimbaud; y legiones de iletrados cool referirán maravillas aunque ninguno de ellos tengan las agallas de zamparse al completo ninguna de tus obras, que eso, como decíamos al principio, es harina de otro costal.

            Sí, el malditismo es el refugio más seguro de los estafadores del arte, como Pasolini, Artaud, Cocteau, Gómez de la Serna, Robert Musil, Gide, De Sade, Juan Benet, Arrabal, y tantos otros y otras que nada tenían que decir, pero tuvimos la mala suerte de toparnos con su irreprimible verborrea*.

            El crítico literario de Time, John Lacayo, comparó el grosor de una de sus obras (1.085 páginas) con las medidas de su tostadora. Introdujo una sutil diferencia: "al menos, mi tostadora es útil para hacer tostadas". Pues eso.

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(*) Se da el caso curiosísimo de Joris-Karl Huysmans, escindido entre una obra genial (Là-bas, 1891) y una frivolidad desmadejada (À rebours, 1884).




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