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miércoles, 1 de enero de 2014

Viaje al centro de la infamia








Calvino, que no creía en la inmortalidad del alma, argumentaba que tal pretensión es una blasfemia contra Dios, porque la inmortalidad es un atributo exclusivamente divino1. Un cuento de Borges postula que el verdadero Mesías fue Judas, ya que Cristo sólo ofreció unas pocas horas de sufrimiento por la salvación del hombre, mientras el Iscariote puso sobre la mesa el sacrificio insuperable de su condenación eterna2. En una película de Walerian Borowczyk3, un párroco indignado expulsa del templo a una piadosa feligresa, alegando que su virtud inmaculada es un pecado de soberbia…  En un contexto de ideas tal, nada tendría de insólito una vindicación de la cobardía y de la bajeza moral, una especie de glorificación de la infamia.
 
Ha habido héroes literarios de toda índole y pelaje: épicos, sacrificados, anónimos, famosos, queridos y odiados, bellos y deformes; la literatura le debe al  francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) el aporte del héroe canalla.  La novela picaresca ya introdujo un buen elenco de rufianes;  pero en todo caso lo eran a su pesar, o porfiaban –inútilmente– por dejar de serlo, eran canallas vergonzantes. El protagonista de Viaje al fin de la noche (Voyage au bout de la nuit, 1932), por el contrario, es un indeseable que retoza complacido en su propia inmundicia, de la que no abomina, sino que exhibe sin recato.

“Me metió dos dedos en el jebe, la muy guarra. Vamos, que me forzó la tía. En plena faena, saltó de la cama y me dijo: ‘espera un momento, cariño; tengo que regar las plantas’. La oí mear en el fregadero, y después hurgar en el desagüe. Aproveché la ocasión para darme el piro sin decir ni pío; vestirme, coger puerta y bajar la escalera de cuatro en cuatro fue visto y no visto. El aire fresco de los bulevares me golpeó la cara, recordándome que había llegado el momento de hundirme en profundas reflexiones metafísicas (…).”

Céline ocupa un sitial preferente entre la nutrida hueste de escritores malditos de expresión francesa; y no sólo por lo que escribió. Víctima de sus propias contradicciones ideológicas, anarquizante y antisemita (que nadie se llame a escándalo: el gran Pío Baroja adoleció de ambas cosas, y de eso nadie quiere acordarse hoy), acabó apoyando la ocupación nazi de su país. Tras la guerra fue sometido a juicio y encarcelado por colaboracionismo. Esta ajetreada peripecia vital no le quitó tiempo para licenciarse en medicina y convertirse  –y no es una exageración–  en el padre de la puesta de largo del francés contemporáneo como lengua literaria.
Esto no ha impedido que, hace apenas un año, Céline haya sido indigerible para la clase política francesa  en el cincuentenario de su muerte, cuya celebración ha devenido un fiasco, aliñado por polémicas sin fin y controversias de estado4.

Viaje al fin de la noche (escribió muchas otras novelas, sin que decayera su increíble calidad) es un hito al que mucho deben las literaturas europeas de posguerra, desde el falsario Henry Miller (Trópico de Capricornio) hasta el genial Kennedy Toole (La conjura de los necios), pasando por el mediocre Ch. Bukowski (Cartero). En ella, la ambigüedad moral y el cinismo son moneda común de todos los protagonistas, que nadan en una atmósfera de descarnada desesperanza y subversión de los valores sociales consolidados. La obra abunda en descripciones inauditas, obscenas, dislocaciones del lenguaje tradicional, y recursos argóticos. Céline no  soslaya  las situaciones límite, lo absurdo y lo violento.

Pese a ello –o tal vez quizás por ello– la novela no consiguió por un pelo el premio Goncourt de 1932 (le faltaron dos votos); aunque tuvo el consuelo de obtener el Renaudot, de menor brillo pero más elitista, ya que su jurado está compuesto en exclusiva por críticos literarios.

"Céline ha escrito un libro que perdurará aunque haya escrito otros de la misma talla que éste: Viaje al fin de la noche, novela del pesimismo, dictada más por el espanto ante la vida y el hastío que ella ocasiona que por la rebelión. Una rebelión activa va unida a la esperanza; en el libro de Céline no hay esperanza. (...)  La novela está pensada y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de sus conflictos y de sus mentiras, sin salida ni destello de esperanza. (...) Una visión pasiva del mundo, con una sensibilidad a flor de piel, sin aspiración hacia el futuro, tal es el fundamento psicológico de la desesperación, una desesperación sincera que se debate en su propio cinismo."

Estas palabras son de León Trotski5, que demostraba así  –siendo judío y no precisamente de derechas–  su falta de prejuicios y su altura intelectual, a años luz del zopenco de Stalin. Una altura a la que tampoco estuvo, ciertamente, la administración Sárközy.

La novela es un viaje iniciático a las profundidades de la sordidez humana. Ferdinand Bardamu, el protagonista, es un médico mediocre que se nos presenta buscando cómo librarse de ser alistado en la Guerra del 14.  Enrolado a la fuerza, deserta sin pudor en plena batalla. Huye al Congo belga para convertirse en negrero en una explotación de caucho, de donde se escabulle cuando las cosas pintan mal. Recala en América durante una temporada, para regresar a Francia cuando se sabe impune, amancebado con una prostituta. Instalado de nuevo en París, pone su reverdecida ciencia médica al servicio de quienes estén dispuestos a pagar  para  ver anticipadamente en el otro mundo a sus ancianos y acaudalados parientes.  Ésta es la secuencia; para saborear toda su carga estética y vital es preciso sumergirse en sus 400 páginas de salvaje nihilismo.

“Os lo tengo dicho, desgraciados, jodidos por la vida, derrotados, desollados, siempre chorreantes de sudor; os pongo en guardia, sarnosos: si veis que los poderosos del mundo os declaran su amor, es porque van a convertiros en carne de cañón. Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla:  por el abandono absoluto de los que mandan en tiempos de paz, o por la locura homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se acuerdan de ti, es para martirizarte y nada más; sólo les interesas vomitando sangre ¡los muy cabrones! Ante la inminencia del matadero no especules con el futuro; piensa solamente en follar durante los pocos días que te quedan, porque te van a arrancar la piel a tiras de arriba abajo."

No se trata de una novela de tesis; y si algo quiere demostrar es que la pared que separa las aspiraciones celestiales de la blasfemia, al mesías del traidor, a la virtud de la soberbia, al héroe del canalla, al patriota del rufián, a Aristóteles de un fregadero atascado de orines, es un muro tan delgado como un papel de fumar.

Notre vie est un voyage
Dans l’hiver et dans la nuit,
Nous cherchons notre passage
Dans le ciel où rien ne luit.6

Céline vivió sus últimos años despreciado, aislado de todos y hastiado de todo. Está enterrado en Meudon, en la periferia de París.  Sobre la losa de su tumba pueden verse pequeños guijarros, símbolo de la piedad judía hacia los muertos. ¿Quién los puso? ¿Qué mensaje quiere enviarnos?

________
(1) Teólogos de prestigio, como Emil Brunner, sostienen que la inmortalidad individual del alma es un pegote pagano en el cristianismo. No hay ningún pasaje bíblico donde, de manera incontrovertible, se afirme tal cosa; incluso hay textos del AT que ponen en cuestión que el alma pueda sobrevivir sin el cuerpo (Levítico 17,14). Para Calvino, el hombre no es más que una sabandija corrompida por el pecado, cuya obligación fatal es arrastrarse y besar las plantas de Dios en agradecimiento por la breve brizna de existencia que Él nos ha concedido, indigno de exigir  –ni de obtener– nada más; eso y no otra cosa es “la salvación”. El judaísmo tampoco contempla vida personal después de la muerte.

(2) Tres versiones de Judas (Ficciones, 1944). Esta cita (Isaías 53,23), referida al Mesías, le pudiera servir de sostén: “No es bien parecido, ni hermoso; despreciado y el último de los hombres, varón de dolores, experimentado en quebrantos...” Quizá también esta otra: “El mundo no lo reconoció” (Juan 1,10).

(3) Historia de un pecado, 1975.

(4) “Tras una profunda reflexión, he decidido no incluir  a Céline en las celebraciones nacionales. Francia reconoce la contribución del autor a la historia de la literatura, pero el hecho de haber puesto su pluma a disposición de una ideología repugnante, la del antisemitismo…" (Frédéric Mitterrand, ministro de cultura francés, 21-1-11).

(5) Sobre arte y cultura, Alianza Editorial, Madrid, 1971.

(6) El propio Céline encabezó la primera edición de la novela con estos versos, vagamente atribuidos a las tropas napoleónicas durante su desastrosa retirada de Rusia. Una traducción  –muy libre–  podría ser ésta: La vida es un viaje/ en la noche, siempre en invierno./ Buscamos una vía de escape/ bajo la luz de un cielo negro.

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