Ha habido héroes literarios de toda índole y
pelaje: épicos, sacrificados, anónimos, famosos, queridos y odiados, bellos y
deformes; la literatura le debe al francés Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) el aporte del
héroe canalla. La novela picaresca ya introdujo un buen
elenco de rufianes; pero en todo caso lo
eran a su pesar, o porfiaban –inútilmente– por dejar de serlo, eran canallas
vergonzantes. El protagonista de Viaje
al fin de la noche (Voyage au bout de
la nuit, 1932), por el contrario, es un indeseable que retoza complacido en
su propia inmundicia, de la que no abomina, sino que exhibe sin recato.
“Me metió dos
dedos en el jebe, la muy guarra. Vamos, que me forzó la tía. En plena faena,
saltó de la cama y me dijo: ‘espera un momento, cariño; tengo que regar las
plantas’. La oí mear en el fregadero, y después hurgar en el desagüe. Aproveché
la ocasión para darme el piro sin decir ni pío; vestirme, coger puerta y bajar
la escalera de cuatro en cuatro fue visto y no visto. El aire fresco de los bulevares
me golpeó la cara, recordándome que había llegado el momento de hundirme en
profundas reflexiones metafísicas (…).”
Céline ocupa un sitial preferente entre la
nutrida hueste de escritores malditos
de expresión francesa; y no sólo por lo que escribió. Víctima de sus propias
contradicciones ideológicas, anarquizante y antisemita (que nadie se llame a
escándalo: el gran Pío Baroja adoleció de ambas cosas, y de eso nadie quiere
acordarse hoy), acabó apoyando la ocupación nazi de su país. Tras la guerra fue
sometido a juicio y encarcelado por colaboracionismo. Esta ajetreada peripecia
vital no le quitó tiempo para licenciarse en medicina y convertirse –y no es una exageración– en el padre de la puesta de largo del francés
contemporáneo como lengua literaria.
Esto no ha impedido que, hace apenas un año, Céline
haya sido indigerible para la clase política francesa en el cincuentenario de su muerte, cuya
celebración ha devenido un fiasco, aliñado por polémicas sin fin y
controversias de estado4.
Viaje al fin de
la noche (escribió muchas otras novelas, sin que
decayera su increíble calidad) es un hito al que mucho deben las literaturas
europeas de posguerra, desde el falsario Henry Miller (Trópico de Capricornio) hasta el genial Kennedy Toole (La conjura de los necios), pasando por
el mediocre Ch. Bukowski (Cartero). En
ella, la ambigüedad moral y el cinismo son moneda común de todos los protagonistas,
que nadan en una atmósfera de descarnada desesperanza y subversión de los
valores sociales consolidados. La obra abunda en descripciones inauditas,
obscenas, dislocaciones del lenguaje tradicional, y recursos argóticos. Céline
no soslaya las situaciones límite, lo absurdo y lo
violento.
Pese a ello –o tal vez
quizás por ello– la novela no consiguió por un pelo el premio Goncourt de 1932
(le faltaron dos votos); aunque tuvo el consuelo de obtener el Renaudot, de
menor brillo pero más elitista, ya que su jurado está compuesto en exclusiva
por críticos literarios.
"Céline ha
escrito un libro que perdurará aunque haya escrito otros de la misma talla que
éste: Viaje al fin de la noche, novela del pesimismo, dictada más por el
espanto ante la vida y el hastío que ella ocasiona que por la rebelión. Una
rebelión activa va unida a la esperanza; en el libro de Céline no hay
esperanza. (...) La novela está pensada
y realizada como un panorama de lo absurdo de la vida, de sus crueldades, de
sus conflictos y de sus mentiras, sin salida ni destello de esperanza. (...)
Una visión pasiva del mundo, con una sensibilidad a flor de piel, sin
aspiración hacia el futuro, tal es el fundamento psicológico de la
desesperación, una desesperación sincera que se debate en su propio
cinismo."
Estas palabras son de León Trotski5, que demostraba así
–siendo judío y no precisamente de derechas– su falta de prejuicios y su altura
intelectual, a años luz del zopenco de Stalin. Una altura a la que tampoco
estuvo, ciertamente, la administración Sárközy.
La novela es un viaje iniciático a las
profundidades de la sordidez humana. Ferdinand Bardamu, el protagonista, es un
médico mediocre que se nos presenta buscando cómo librarse de ser alistado en
la Guerra del 14. Enrolado a la fuerza,
deserta sin pudor en plena batalla. Huye al Congo belga para convertirse en
negrero en una explotación de caucho, de donde se escabulle cuando las cosas
pintan mal. Recala en América durante una temporada, para regresar a Francia
cuando se sabe impune, amancebado con una prostituta. Instalado de nuevo en
París, pone su reverdecida ciencia médica al servicio de quienes estén
dispuestos a pagar para ver anticipadamente en el otro mundo a sus
ancianos y acaudalados parientes. Ésta
es la secuencia; para saborear toda su carga estética y vital es preciso
sumergirse en sus 400 páginas de salvaje nihilismo.
“Os
lo tengo dicho, desgraciados, jodidos por la vida, derrotados, desollados,
siempre chorreantes de sudor; os pongo en guardia, sarnosos: si veis que los
poderosos del mundo os declaran su amor, es porque van a convertiros en carne
de cañón. Para el pobre existen en este mundo dos grandes formas de palmarla: por el abandono absoluto de los que mandan en
tiempos de paz, o por la locura homicida de los mismos, llegada la guerra. Si se
acuerdan de ti, es para martirizarte y nada más; sólo les interesas vomitando
sangre ¡los muy cabrones! Ante la inminencia del matadero no especules con el
futuro; piensa solamente en follar durante los pocos días que te quedan, porque
te van a arrancar la piel a tiras de arriba abajo."
No
se trata de una novela de tesis; y si algo quiere demostrar es que la pared que
separa las aspiraciones celestiales de la blasfemia, al mesías del traidor, a
la virtud de la soberbia, al héroe del canalla, al patriota del rufián, a
Aristóteles de un fregadero atascado de orines, es un muro tan delgado como un
papel de fumar.
Notre vie est un voyage
Dans l’hiver et dans la nuit,
Nous cherchons notre passage
Dans le ciel où rien ne luit.6
Céline vivió sus últimos
años despreciado, aislado de todos y hastiado de todo. Está enterrado en Meudon,
en la periferia de París. Sobre la losa
de su tumba pueden verse pequeños guijarros, símbolo de la piedad judía hacia
los muertos. ¿Quién los puso? ¿Qué mensaje quiere enviarnos?
________
(1) Teólogos de prestigio, como Emil
Brunner, sostienen que la inmortalidad individual del alma es un pegote pagano
en el cristianismo. No hay ningún pasaje bíblico donde, de manera
incontrovertible, se afirme tal cosa; incluso hay textos del AT que ponen en
cuestión que el alma pueda sobrevivir sin el cuerpo (Levítico 17,14). Para
Calvino, el hombre no es más que una sabandija corrompida por el pecado, cuya
obligación fatal es arrastrarse y besar las plantas de Dios en agradecimiento
por la breve brizna de existencia que Él nos ha concedido, indigno de
exigir –ni de obtener– nada más; eso y
no otra cosa es “la salvación”. El judaísmo tampoco contempla vida personal
después de la muerte.
(2) Tres
versiones de Judas (Ficciones, 1944).
Esta cita (Isaías 53,23), referida al Mesías, le pudiera servir de sostén: “No es bien parecido, ni hermoso;
despreciado y el último de los hombres, varón de dolores, experimentado en
quebrantos...” Quizá también esta otra: “El mundo no lo reconoció” (Juan 1,10).
(3)
Historia de un pecado, 1975.
(4)
“Tras una profunda reflexión, he decidido
no incluir a Céline en las celebraciones
nacionales. Francia reconoce la contribución del autor a la historia de la
literatura, pero el hecho de haber puesto su pluma a disposición de una
ideología repugnante, la del antisemitismo…"
(Frédéric
Mitterrand, ministro de cultura francés, 21-1-11).
(5) Sobre arte y cultura, Alianza Editorial, Madrid,
1971.
(6)
El propio Céline encabezó la primera edición de la novela con estos versos,
vagamente atribuidos a las tropas napoleónicas durante su desastrosa retirada
de Rusia. Una traducción –muy
libre– podría ser ésta: La vida es un
viaje/ en la noche, siempre en invierno./ Buscamos una vía de escape/ bajo la
luz de un cielo negro.
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