Así como no todo Picasso es cubismo,
antes del Ulises —la mejor novela en lengua inglesa del siglo
XX, según la mayoría de la crítica— y
antes de la francamente ilegible
Finnegan’s wake, hay un James Joyce
‘asequible’, autor de relatos de juventud de corte naturalista. Me refiero a la
colección de cuentos que, bajo el título de Dubliners
(Gentes de Dublín), salió a la luz en 1914. Son trece historias cargadas de simbolismo, no
siempre perceptible a primera lectura, trece anécdotas o estampas protagonizadas por
dublineses de todas las etapas de la vida, desde la infancia hasta la madurez.
Dos
de estos cuentos, el titulado Correspondencias
y el que cierra el libro bajo el nombre de Los muertos, tienen en común
un desarrollo aparentemente trivial coronado por un desenlace de gran intensidad dramática, de esos que provocan la
turbación en el lector. En ambos se cuenta un día en la vida de un personaje
anónimo.
Correspondencias es la historia de un viudo
en paro, padre de un niño de corta edad, con el que vive en los arrabales de la
miseria obrera de principios de siglo. El hombre pasa el día recorriendo
tabernas, embriagándose, discutiendo y disputando por banalidades, dilapidando
las pocas monedas que tiene. Al anochecer, ya completamente borracho, regresa a
casa, donde, como casi siempre, no habrá nada para cenar. El chico, que, como
casi siempre, lo ha estado esperando inútilmente toda la jornada, es objeto y
víctima de las frustraciones de su padre que, como casi siempre que regresa
borracho a casa, le obsequia con una paliza.
—¡Oh, papá —gritó—
no me pegues! Y yo rezaré por ti un Ave María… yo rezaré un Ave María, papá, si
no me pegas… yo rezaré por ti un Ave María…
Fin.
De un plumazo, en dos líneas, Joyce plasma como nadie la ancestral e irracional
catolicidad de Irlanda.
Los muertos, con diferencia, es el
relato más largo del libro. En 1987 John Huston se sirvió de la historia para
realizar su postrera película. Los muertos
es el testamento de Huston como cineasta, y realmente se estaba muriendo cuando
rodó el film.
De regreso a casa, en la alcoba, le
pregunta por qué la ha entristecido la canción. Gretta le responde que le ha
recordado a un muchacho, ya muerto, en su aldea natal. Tras la ventana la nieve
cae cansinamente.
Ya dentro de la cama, el marido
insiste, por hablar de algo. ‘¿De qué
murió?’. Bajando la vista, la
muchacha susurra: ‘Murió por mí’.
Es
como una conmoción, como un vuelco en la mente del marido, que calla pero que
ya no podrá dormir el resto de la noche. Trabajosamente, empieza a darse cuenta
de qué poco conoce realmente a su mujer, de que apenas sabe qué ocurre dentro
de aquella cabecita campesina. ‘Murió por
mí’. Esas tres palabras le dejarán insomne. Se levanta en la penumbra,
observa a Gretta, que ya duerme y, por primera vez en toda su vida en común,
comprende su inferioridad ante ella, comprende su vacío, su insustancialidad
vital frente a la muda profundidad de seres auténticos, que en remotas comarcas
aún saben morir de amor.
Gabriel
se acerca a la ventana y observa el suave descenso de la nieve sobre los
tejados de Dublín… y la imagina cayendo
con la misma parsimonia allá lejos, en un pueblecito de Galway, sobre la tumba
del muerto, que está cien veces más vivo que él.
"(…) Caía
también sobre todos los rincones del solitario cementerio, sobre las colinas en
donde yacía sepulto. Se amontonaba sobre las cruces retorcidas y las piedras
funerarias, sobre los hierros de la pequeña reja, sobre las malezas muertas. Su
alma se henchía poco a poco, a medida que oía la nieve extenderse suavemente
sobre todo el universo, como si fuera el advenimiento de la última hora para
todos, los vivos y los muertos."
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