Párizsban járt az Ősz (Endre Ady)

miércoles, 1 de enero de 2014

Murió por mí



              Así como no todo Picasso es cubismo, antes del Ulises  —la mejor novela en lengua inglesa del siglo XX, según la mayoría de la crítica—  y antes de la francamente ilegible Finnegan’s wake, hay un James Joyce ‘asequible’, autor de relatos de juventud de corte naturalista. Me refiero a la colección de cuentos que, bajo el título de Dubliners (Gentes de Dublín), salió a la luz en 1914.  Son trece historias cargadas de simbolismo, no siempre perceptible a primera lectura, trece anécdotas o estampas  protagonizadas por dublineses de todas las etapas de la vida, desde la infancia hasta la madurez.
            Dos de estos cuentos, el titulado Correspondencias y el que cierra el libro bajo el nombre de  Los muertos, tienen en común un desarrollo aparentemente trivial coronado por un desenlace de gran  intensidad dramática, de esos que provocan la turbación en el lector. En ambos se cuenta un día en la vida de un personaje anónimo.

            Correspondencias es la historia de un viudo en paro, padre de un niño de corta edad, con el que vive en los arrabales de la miseria obrera de principios de siglo. El hombre pasa el día recorriendo tabernas, embriagándose, discutiendo y disputando por banalidades, dilapidando las pocas monedas que tiene. Al anochecer, ya completamente borracho, regresa a casa, donde, como casi siempre, no habrá nada para cenar. El chico, que, como casi siempre, lo ha estado esperando inútilmente toda la jornada, es objeto y víctima de las frustraciones de su padre que, como casi siempre que regresa borracho a casa, le obsequia con una paliza.

—¡Oh, papá gritó— no me pegues! Y yo rezaré por ti un Ave María… yo rezaré un Ave María, papá, si no me pegas… yo rezaré por ti un Ave María…

               Fin. De un plumazo, en dos líneas, Joyce plasma como nadie la ancestral e irracional catolicidad de Irlanda.

                Los muertos, con diferencia, es el relato más largo del libro. En 1987 John Huston se sirvió de la historia para realizar su postrera película. Los muertos es el testamento de Huston como cineasta, y realmente se estaba muriendo cuando rodó el film.

            La historia es bien sencilla. Gabriel Conroy, periodista literario, y su joven esposa Gretta pasan la velada de nochevieja en Dublín, con sus viejas tías y otras amistades. Charlan y discuten con superficialidad, comentan trivialidades, bailan, ríen, se aburren y divierten amablemente unos a otros. Gretta habla poco; su marido casi lo prefiere así, porque es una chica de origen rural, de escasa cultura, procedente de la región de Galway, del oeste irlandés de habla gaélica, que se expresa mal en inglés. Se puede afirmar que se avergüenza un poco de ella. Al final de la fiesta, un hombre canta la balada La muchacha de Anghim, y Gabriel percibe en su mujer una taciturnidad mayor de lo normal.
De regreso a casa, en la alcoba, le pregunta por qué la ha entristecido la canción. Gretta le responde que le ha recordado a un muchacho, ya muerto, en su aldea natal. Tras la ventana la nieve cae cansinamente.
            Ya dentro de la cama, el marido insiste, por hablar de algo. ‘¿De qué murió?’.  Bajando la vista, la muchacha susurra: ‘Murió por mí’.

            Es como una conmoción, como un vuelco en la mente del marido, que calla pero que ya no podrá dormir el resto de la noche. Trabajosamente, empieza a darse cuenta de qué poco conoce realmente a su mujer, de que apenas sabe qué ocurre dentro de aquella cabecita campesina. ‘Murió por mí’. Esas tres palabras le dejarán insomne. Se levanta en la penumbra, observa a Gretta, que ya duerme y, por primera vez en toda su vida en común, comprende su inferioridad ante ella, comprende su vacío, su insustancialidad vital frente a la muda profundidad de seres auténticos, que en remotas comarcas aún saben morir de amor.
            Gabriel se acerca a la ventana y observa el suave descenso de la nieve sobre los tejados  de Dublín… y la imagina cayendo con la misma parsimonia allá lejos, en un pueblecito de Galway, sobre la tumba del muerto, que está cien veces más vivo que él.

"(…) Caía también sobre todos los rincones del solitario cementerio, sobre las colinas en donde yacía sepulto. Se amontonaba sobre las cruces retorcidas y las piedras funerarias, sobre los hierros de la pequeña reja, sobre las malezas muertas. Su alma se henchía poco a poco, a medida que oía la nieve extenderse suavemente sobre todo el universo, como si fuera el advenimiento de la última hora para todos, los vivos y los muertos."

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